ANÁLISIS POLÍTICO Y SOCIAL, MANEJO DE CRISIS, MARKETING, COMUNICACIÓN Y ALTA DIRECCIÓN

Este es un espacio para conceptualizar, analizar, efectuar crítica y proponer estudios sobre política aplicada, marketing, comunicación, educación, métodos aplicados, alta dirección y proyectos sustentables. Contacto:baltasarhernandezgomez1@hotmail.com, baltasarhg@gmail.com

viernes, 23 de enero de 2009

LAS CIVILIZACIONES DE ORIENTE Y OCCIDENTE PIENSAN DE MANERA DIFERENTE


ORIENTE Y OCCIDENTE: DOS UNIVERSOS TAN DISTINTOS
¿Por qué pensamos diferente?
Por Baltasar Hernández Gómez


Una de las causas por las que las civilizaciones de oriente y occidente son tan diferentes es, sin lugar a dudas, la estructura lingüística. Cada lenguaje como modo de comunicación entre los hombres predispone el pensamiento, luego entonces el actuar y la manera de concebir el mundo de la vida.

El lenguaje representa una manera explícita, pero también implícita de ver y dar explicación de lo que pasa en torno al Hombre (mujeres y hombres). Cuando los pensamientos y la representación de los objetos y sujetos se posicionan en un concepto (la palabra como término tangible) se genera un significado.

La cultura milenaria de China tiene una lengua sin lógica gramatical para la determinación de las cosas, es decir, no está basada en la denotación exacta del mundo que se percibe, por lo que las visiones del mundo son profundamente diferentes entre ellos, pero más aún con los extraños a su civilización. Un mismo tema u objeto observado se traduce en muchos mundos de interpretación. La filosofía oriental está condensada en la subjetividad del ideograma o conceptualización de quien trata de interpretar su mundo y el de los demás.

Es difícil crear puentes de tránsito en el entendimiento entre orientales y occidentales, ya que las matrices lingüísticas traen para sí una infinitud de vías lógicas para interiorizar, conceptualizar y aplicar lo que se vive. Por esto mismo no podemos pensar ni reaccionar de igual manera: tenemos una muy disímil mentalidad para significar lo que pensamos y hacemos, empatándolo con el acto de pensar.

Esto en el último de los casos se traduce en acciones diversas. El agua no es simple líquido (inodoro, insaboro e incoloro), sino que es al mismo tiempo agua de lluvia o agua para tomar; agua de mar o de río; agua para bañarse o para regar………ad infinitum.

En Occidente se ha desarrollado un método para vivir que está fundamentado en la lógica-científica, o sea, pensamos asumiendo denotaciones, lo cual trae como resultado la significación y valorización de conceptos y vivencias. El acto de pensar occidental asume conceptualizar lo significado y, por ende, determinado: los occidentales desde que nacen están entrenados en pensar en algo, de algo y a propósito de algo………para llegar a algo.

Los orientales al no utilizar estructura semántica no perciben su mundo por medio de conocimientos descriptivos, que ofrece una explicación focalizada de las cosas. Usan un tipo de significado ideativo, que hace predominar el concepto concebido, amplio y un tanto especulativo-filosófico, para luego llegar a uno o decenas de entendimientos.

En cambio los occidentales piensan en el qué, cómo, cuándo y por qué, recayendo en la más pura lógica de explicación, para encajonar al conocimiento en estructuras definidas por el pensamiento científico, que muchas veces solamente es un conjunto lineal para conocer o creer conocer. B.H.G.

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jueves, 22 de enero de 2009

LO QUE SE VIVE AL NACER Y LUEGO SE OLVIDA

Cuando sentí ya estaba afuera.
por Baltasar Hernández Gómez.
(primer extracto del próximo libro de mi autoría "No he sido yo, sino el otro").

De pronto sentí que me secuestraban de mi universo personal. Ya no era yo, pues unas manos frías apretaron mi cuerpo tembloroso, escudriñando cada centímetro de piel en una especie de revisión carcelaria de la cual tenía conocimiento por la increíble memoria genética incrustada a nivel celular. Unas luces incandescentes penetraban como saetas en mis ojos y todo era caos.

Mi primer reacción fue llorar inconsolablemente al sentirme solo, aún cuando escuchaba a mi alrededor un concierto de voces extrañas. No podía explicarme por qué hasta hacía unos minutos me arrancaron la intimidad sin pedirme permiso. Ya no estaba en el plácido silencio en medio de la nada, oyendo mis latidos y mis pensamientos más profundos. Me habían traído al infierno en una milésima de segundo.

A la distancia escuché la voz de una mujer y de pronto mi memoria recordó un tarareo: “Tú viniste sonriendo no sé bien de dónde, con aire tan puro de quien del futuro espera la sonrisa encontrar”.[1] Volqué instintivamente mis ojos ciegos hacia ella y alcancé a oír un te quiero, que me caló y me hizo sentir por primera vez algo placentero. Las manos gélidas que me tenían atrapado fueron cambiadas por la calidez de esta mujer extraña, pero a la vez tan cercana, que me fue inundando con sus besos.

Lloré esta vez de alegría al sentirme protegido, pero volví a sumirme en depresión cuando tuve la certidumbre de que jamás regresaría a mi antigua morada. Estaba afuera en un mundo desconocido. Gritos, olores y sentimientos insólitos llegaron de todas direcciones incubándose en mi cuerpo convulso. Todo percibía, pero no podía ver. ¿Dónde estaba, quién era ahora? Mi entendimiento se centraba en la estrechez corporal olorosa a ungüento y en los movimientos sin control de mis extremidades.

Ya no era aquél que podía moverse sin límites y tener todo el tiempo para sí mismo. Era tan solo un pedazo de carne sensible que lloriqueaba en su nuevo destino. Un ser sin nombre que no veía ¿Cuándo me quedé ciego? La oscuridad fue el mejor medicamento en ese momento para no observar los flashes de este nuevo planeta que, de haberlo visto rápidamente, me hubiera quedado paranoico.

No era el mismo desde que fui empujado por una fuerza centrífuga haciéndome caer en un espacio inhóspito. Grité que me devolvieran al agua cálida y al calor infinito, pero nadie entendía mi lenguaje onomatopéyico. Quise detener el vaivén de palabras y cuerpos que me rodeaban, pero me derrumbé. No era yo, sino el otro que a empellones ponían en una situación sofocante ¿Qué pecado había cometido, para que en un abrir y cerrar de ojos estuviera en medio del apocalipsis?

A nombre de la vida se da muerte a lo concebido. Mar y cielo se conjuntaron para indicarme que era un náufrago en un océano furioso…… y entonces por el terror caí dormido. Cuando desperté el barullo continuaba. Mi pesar se materializó paralizando todos los músculos y al reconocer que no podía zafarme de los grilletes impuestos, afloraron las lágrimas otra vez. Clamé perdón por un yerro no cometido y forcejee para quitarme las ataduras que me estaban aprisionando, sin embargo seguí prisionero.

Sollocé a estos seres malignos que estaban equivocados sobre mi identidad. No era la persona que creían y manotee para que me dejaran libre. Sólo alcancé a percibir -en penumbras- rostros que gesticulaban y decían palabras sin sentido.

Era, por así decirlo, un condenado a la horca que todos miraban con la morbosidad de presenciar su último suspiro. Era un intruso que trataban con familiaridad inaudita, pero no había más que soledad arriba y abajo. Sentía estas muestras de cariño como puñaladas, como sentencias por el atrevimiento de introducirme a la vida de ellos.

Al transcurrir los días mi confinamiento empezó a ser más aceptable. Mi patíbulo imaginario no terminaba por construirse y aunque volteaba para oír el crujir de la soga que apretaría mi cuello, no apreciaba la escena donde exhalaría mi último aliento. Es cierto que los condenados olvidan la bestialidad de sus verdugos y hasta llegan a pensar que son benefactores, pero algo en mí sabía que la hora final debía estar próxima ¿Si no, por qué tanto dolor?

La señora que me hablaba con más afecto se aferraba a mi débil cuerpo intentando quitar los brazos extraños, que querían arrebatarme de su cercanía. Por momentos pensé que morir junto a ella era mi devenir más sublime. Pero nada, ni vida plena ni muerte horrenda. Este otro yo que no tenía control de sus actos estaba irremediablemente indefenso.

Los verdugos eran muchos y en cada apretón sentía que me quitaban partes de mi ser. Los fantasmas del miedo brotaban por doquier y entonces increpé que me dejaran de una vez por todas. Grité a los cuatro vientos que si mi muerte era inminente me dejaran un minuto en paz................... “Prefiero morir durmiendo, no quiero vivir llorando”.[2]

Entre sollozos exigía que me trajeran un sable para hacerme sepuko, pues prefería morir rápido y en forma digna que enfrentarme cada segundo a las voces demoníacas que saqueaban mi tranquilidad. Ya no deseaba sentir las manos y labios de este microcosmos que había arrasado mi paraíso. Quería volver a ser el otro yo que alguna vez fui..................... “Y otros brazos extraños me estrechan llenos de emoción, pero sólo consiguen hacerme recordar los tuyos”.

Al transcurrir los días poco a poco pude ver y entonces aparecieron las caras y los colores de la realidad naciente. Me sentí un alienígena explorando un planeta lleno de criaturas amenazadoras. Mis ojos se acoplaron a mis demás sentidos y aunque extrañaba mi ceguera el nuevo edén se inauguró como el más espectacular juego pirotécnico. Ángeles y demonios se arremolinaron junto a mí y supe entonces que estaba en una dimensión desconocida a la cual tenía que ajustarme para sobrevivir.

No era ya el otro yo que vivía para sí, sino el nuevo yo que ahora servía de reseña a los demás. El universo arrancado tintineaba en mis recuerdos y contradictoriamente el mundo recién estrenado se abría dando paso a un sinfín de esperanzas. En esta paradoja me encontraba, mientras mi cuerpo se robustecía y mis pensamientos se volvían más claros. Aprendí a confiar en la señora que decía ser quien me convirtió en lo que soy......... “Soy aquel dolor de ser, por ti he vuelto a nacer.......soy polvo enamorado”.[3]

Este primer cambio de conciencia hizo que quedara grabada una máxima, la cual me seguiría por siempre: “Nadie puede oponerse a la voluntad universal, sino ajustarse a ella”. Me reconocí que no era el yo de antes, sino el otro yo, el que sería por mucho tiempo. Tuve que afrontar esta verdad y renunciar al que fui algún día.

Cuando inicié mi sinuoso crecimiento, ese que te hace doler los huesos por estiramiento, el que mueve tu concepción de la vida y te hace temer a lo desconocido y no aceptar lo que es nuevo, quise pensarme como un siamés unido por la caja toráxica, pues era más tolerable pensar que el otro yo podía cargar con mis errores y fobias. Al pensar en esto, la figura reflejada en el espejo podría ser quien exorcizara mis infortunios y quedar íntegro sin heridas. Al pensarme como gemelo me imaginé pensante, ganador, es decir, que era yo y no el otro yo quien llevaba las riendas.

Elucubraba en el imaginario a este adherido, que era mi imagen exacta, como depositario de todo lo malo en el drama de la vida. Él debía ser la conjura a mis miedos, el muñeco donde encajar alfileres vudús........................... “Tú y yo somos uno mismo”.[4]
[1] Fragmento de canción interpretada por Roberto Carlos. 1977.
[2] Fragmento de canción interpretada por Emanuel. 1981.
[3] Fragmento de canción interpretada por José José. 1976.
[4] Fragmento de canción interpretada por el grupo Timbiriche. 1984.

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martes, 20 de enero de 2009

PRINCIPIOS Y CARACTERISTICAS DEL SAMURAI MODERNO

SAMURAI MODERNO
Vivir sin hacerse harakiri
Extracto del libro de mi autoría editado y publicado, 2008.
Baltasar Hernández Gómez

ÍNDICE
INTRODUCCIÓN 12-13
LA CONCEPCIÓN SAMURAI 14-17
EL CÓDIGO SAMURAI 18
Rectitud 19
Coraje 19-20
Benevolencia 20
Respeto 21
Sinceridad 22
Honor 22
Lealtad 23

CUALIDADES DEL SAMURAI 24
La observación 25-26
Nada al azar 27-29
Sin contemplaciones 30-32
Ser impecable 33-34
Ser actuante 35-36
Ser impredecible 37-39
Ser cazador 40-41
Tomar decisiones 42-43
Ser implacable 44-45
Ser humilde 46-47
Nada es necesario 48-49
Certeza de morir 50-52
Sin rencor 53-54
Acercarse y alejarse 55-56

PROVERBIOS DEL SAMURAI 57-59
Todo lo que parece complicado 60-61
se arregla de la forma más sencilla.
Cuesta lo mismo estar feliz que enojado 62.
Si tiene poder dirija a personas, 63
si no, pues no.
Quien no trabaja no se equivoca 64.
Si es feliz no lo diga, ya se le pasará 65.
Las personas ociosas son las que 66
se cansan más.
La estupidez de creer saber todo es 67-68
más infinita que el cosmos.
Hay dos tipos de fracasos: por no 69
escuchar a nadie y por escuchar a todos.
La experiencia es lo que se obtiene 70
justo después que uno la necesita.
Los viejos paradigmas son cómodos… 71-72
también los ataúdes.
No conviene llamar la atención 73
ni provocar envidia.
La gente tira a matar cuando 74
volamos muy bajo.
Mucho de lo que somos como humanidad 75-76
ha dependido de la sin razón.
La victoria tiene algo “negativo” 77
jamás es definitiva.
Los préstamos son como los chiles 78-79
en escabeche: los disfrutas hoy con
mucho gusto y mañana te achicharran
el trasero.
El sufrimiento en privado es bastante difícil… 80-81
en público es insoportable.
Existen cuatro cosas que jamás 82-83
se recuperan: la piedra arrojada;
la palabra dicha; la oportunidad perdida
y el tiempo pasado.
Hable pausado, pero piense rápido 84-85.
Cuando le hagan una pregunta que 86-87
no quiera responder: vea el rostro
de su interlocutor y devuelva el
cuestionamiento ¿Por qué desea saberlo? La regla de las tres “R”: 88-89
respeto a sí mismo,
respeto a los demás y
responsabilidad de los actos.
Errar es humano, pero culpar a otros aún más 90-91.
Hay dos palabras que le abrirán 92
muchas puertas: “jala” y “empuja”.
Si no puede convencerlos, confúndalos 93.
Nunca luche contra el viento 94-95.
Recuerde siempre que es único…al igual 96
que los demás.
Todo mundo parece normal hasta 97-99
que se da a conocer.
La depresión es sólo un acto sin entusiasmo 100-101.
Apoye a las bacterias: son las únicas 102-103
que pueden “cultivar” algo en ciertas
personas.
La luz viaja más rápido que el sonido, 104-105
por eso alguna gente parece brillante
hasta que la escuchamos hablar.
Cuando le digan que no puede… 106-107
fortalecen más la decisión de hacerlo.
Cuando un hombre no sabe hacia 108
dónde navega, no hay viento que lo
lleve a algún lado.
Preferible una verdad que duela 109-110
a una mentira que mate.
Alabanza en boca propia es vituperio 111-112.
El camino al infierno está 113-114
pavimentado de buenas intenciones.
El mejor rival es el que no existe 115-116.
El último minuto tiene sesenta segundos 117-118.
No hay enemigo pequeño 119-120.
No importa que vea a otros tener fuerza, 121-122
lo importante es cómo equilibra su poder.
El arrepentimiento no existe: 123
uno acierta o se equivoca.
El poder es como un explosivo: 124-125
se maneja con cuidado o estalla.
Las grandes almas tienen voluntades; 126-127
las débiles tan sólo deseos.
No acepte obsequios de sus adversarios 128-129.
Un suspiro tiene la fuerza de un huracán 130-131.
Fiat volúntas universum 132.
Saber más cosas del todo, que saber 133-134
todo de una sola cosa.
Dar todo lo que sabe por la milésima 135
parte de lo que ignora.
Quien no tiene temor no puede actuar 136-137.
Basta un instante para convertir 138-139
a un hombre o mujer en samurai.
Vencerse a sí mismo es la máxima victoria 140.
La victoria vuelve estúpido al triunfador 141-142
y rencoroso al vencido.
No existen actos inevitables 143.
La vida fácil suele ser la más difícil 144-145.
Conclusiones.

INTRODUCCIÓN
En la modernidad el hombre y la mujer tienen la obligación de saber que están interconectados a un conjunto de relaciones donde la máxima regla impuesta es la exterioridad, es decir, la valoración del reflejo de uno en los otros y viceversa. Sin embargo, esto deja olvidada la interioridad, que es punto medular de todo lo que sentimos, pensamos y hacemos.

La gran mayoría de las personas basan su actuación social en criterios de cómo creen que se ven y cómo juzgan a los otros, sin ponerse a pensar que la realidad es un desafío que debe asumirse con sentido y voluntad.

La mejor manera de afrontar al mundo es tomar todo lo que se nos presenta como un reto y la mejor manera para transitar los caminos de la vida es como un samurai, que siente y hace sentir que cualquier cosa que desarrolla es un combate donde va todo su ser.

Si no sigue por esta ruta, estará secuestrado en la creencia -bastante extendida- de aceptar que todo o es una bendición, o bien, una maldición, lo cual significa viajar en un bote a la deriva, dependiendo del juego perverso recompensa-castigo. La verdad es que no se puede andar por la vida jugando a los dados.

Ser samurai no es un asunto aleatorio o coyuntural, como si fuera colocarse los calcetines o limpiarse la nariz. Convertirse en samurai es una lucha permanente que va formando un carácter sui generis para la toma de decisiones. Nadie nace samurai y para llegar a serlo es necesario adquirir un cúmulo de conocimientos conceptuales para luego traducirlos en práctica pura, y así alcanzar equilibrio y armonía.

Un samurai trata todo lo que le rodea con respeto y no pasa por encima de nada o nadie a menos que en verdad tenga que hacerlo para sobrevivir. Un samurai no deja ningún acto al libre albedrío y si se “mete” con alguien tiene la convicción de lo que está haciendo, asumiendo riesgos y responsabilidades.

LA CONCEPCIÓN SAMURAI
El término samurai tiene dos acepciones: 1) Está referida a los guerreros japoneses como servidores y/o guardianes, y 2) Se emplea para designar al hombre preparado para la guerra. El samurai es un luchador experto en las artes marciales con habilidad extraordinaria en el manejo del sable y el arco, pero que también se enfila a la perfección interior para conducirse.

Su destreza para la guerra no queda en el campo de batalla, sino que traspasa el umbral del mundo cotidiano. Vive para ser congruente consigo mismo; tiene pertenencia absoluta a sus principios, a la familia y a sus propósitos que le den consistencia. El samurai vive con lo necesario porque no requiere atesorar riquezas materiales y su interés se centra en actuar con honor y valor. El hombre o mujer samurai no teme morir en vano y por eso se entrega milímetro a milímetro en cada combate que libra.

Tiene presente el orgullo de un ser de conocimiento, estricto consigo mismo y con los demás, ya que cada momento es una increíble porción de vida que puede terminarse, por lo que valora cada situación que se le presenta. Vive y lucha significativamente cada instante, en virtud de que su pensamiento no admite sentimientos intermedios.

En la modernidad el samurai recoge el estricto código de ética denominado bushido, que significa “camino del guerrero”, que en su forma más acabada, es praxis que exige ponerse en estado latente de “vivir sin temor”, para actuar con la mayor intensidad.

Pese a que estas normas disciplinarias estuvieron orientadas a la guerra y a la defensa del status quo, hoy en día el bushido ha sido revalorado como factor de cohesión interna. En la actualidad es muy fácil criticar la inflexibilidad de los guerreros japoneses del siglo XII, sin embargo, cuando se visualiza su posición de combatiente salta a la vista que sus anclajes ideológicos pretendían fuerza y equilibrio.

Si aceptamos la consistencia samurai como baluarte de fortalezas y contradicciones, reconoceremos su trascendencia para impulsarse a través de la estrategia, entrega, honor, tolerancia, pero sobre todo del espíritu que vive al máximo. Esta combinación de elementos -fuera de mitos y leyendas- hace que hoy en día las personas que desean ser samurai recobren conciencia, situándose en un nivel supremo de ser y estar.

EL CÓDIGO SAMURAI
Siete son las virtudes que componen el código básico de un samurai:

Rectitud.
Ser recto es igual a ser directo, es decir, “de una sola pieza”. Representa la fortaleza para tomar decisiones correctas y seguir viviendo. La rectitud es fidelidad con los convenios personales que hay entre uno y la realidad.

El samurai con rectitud adopta justicia y honradez para sí, dando siempre el beneficio de la duda a los demás, pero jamás es confiado ni ingenuo. Para él no hay claroscuros: sólo existe lo correcto y lo incorrecto.

Coraje.
El samurai comprende que no puede estar en la medianía de las personas temerosas que no actúan con determinación. Sabe que vivir no es un asunto de ocultamiento y por eso afronta al mundo con coraje. Su coraje no es ciego o visceral, sino premeditadamente inteligente.

Un samurai sustituye el temor por la planificación audaz, la precaución y la fuerza en todos los actos que realiza, reemplazando el miedo por respeto y prevención.

Benevolencia.
La benevolencia no es sinónimo de bondad, pues el samurai actúa tomando decisiones al vuelo. Vive en combate permanente sin detenerse a pensar si lo que lleva a cabo es bueno o malo. Al desarrollar rapidez en sus actos y aceptar los ritmos de su entorno, tiene la certeza que su poder se usa para alcanzar sus propósitos.

Ser benevolente no es igual a convertirse en “alma de la caridad”, sino a ser recíproco con el ambiente que lo rodea, porque sólo así logra sus fines sin perturbaciones inesperadas.

Respeto.
El samurai está consciente de su poder y por eso no lo despliega innecesariamente. Esto hace que no tenga motivo para ser cruel, ya que al no requerir demostración de su condición trata con respeto a los demás.

El samurai no busca aprobación y tampoco emplea tácticas inadecuadas para conseguir sus fines. Su desenvolvimiento es cortés con aliados y adversarios. Esta virtud le asegura ser visto y tratado con respeto, no solamente por la impecabilidad al realizar sus actos, sino por la forma en que trata a las personas.

Sinceridad.
El samurai demuestra entereza con la palabra dada, pues cuando asegura que va a realizar un acto, es como si ya estuviera hecho. Nada lo detendrá para realizar su propósito y por eso no promete, cumple.

El simple acto de hablar pone en movimiento su ser, porque la sinceridad se mide bajo el fundamento pensar- actuar.

Honor.
El samurai no actúa pensando que hay jueces dictaminando a favor o en contra de sus actos. Sabe que el tribunal más implacable -al que no puede engañar- es él mismo. Las decisiones que toma y cómo las ejecuta son un reflejo de lo que es.

El honor entendido así es coherencia entre pensar y hacer. El honor es suyo, no una mercancía intercambiable, que busca aceptación.

Lealtad.
El samurai es leal con su actuación y respeta a sus pares. Reconoce que decir, pensar y hacer es algo de su pertenencia y por ende es fiel a sus decisiones.

Es responsable de cómo vive y deja vivir, así como de todas las consecuencias que le prosiguen. La lealtad no es medible por subjetividades, tales como amor, compasión o capricho, sino por la magnitud y consistencia de los actos que realiza.

CUALIDADES DEL SAMURAI

LA OBSERVACIÓN
Un samurai debe observar todo, desarrollando certeza para advertir los elementos tangibles e intangibles en su entorno. Ésta es la característica esencial para saber dónde está situado y cómo debe actuar para salir avante en su proyecto de vida.

Por ningún motivo se confía de lo que sabe o supone conocer, ni pretende obviar factores visibles u ocultos a simple vista, porque en esto radica su éxito.

Observa rostros, gestos, palabras, circunstancias y la disposición de las cosas para interiorizarse en el ambiente donde se encuentre. Esto es trascendental porque ofrece la proporción exacta de dónde, con quién, cómo y cuándo ejecutar sus destrezas.

La observación permite conocer los actos que se emplearán por los otros y da oportunidad a la planificación en ese instante y a futuro. Observar otorga poder para descifrar códigos secretos para la mayoría, abriendo la posibilidad de acceder a un nivel hegemónico sin llevar a cabo luchas infructuosas.

Observe primero para luego ver, sólo así tendrá acceso a una realidad más clara. Preste atención a las circunstancias que rodean sus encuentros; analice las salutaciones, las facciones de los demás; tenga presente el modo en que se dicen las palabras y pondere las intenciones de los demás.

La observación permite tener un panorama global y al tener este tipo de visión no existe involucramiento en el juego de intereses y pasiones que hay en medio. No participe en algo si no es jugador y tiene las cartas en la mano.

NADA AL AZAR
Un samurai no deja absolutamente nada a la suerte, porque nada es casual y mucho menos involuntario. La naturaleza del mundo no es azarosa, pues se compone de leyes (muchas descifradas por la razón científica y otras que todavía conservan su misterio) que ponen a cada quien en el sitio exacto.

En el mundo de la vida todas las personas persiguen fines, nada es como parece de simple y por esto es imprescindible que nada se deje a designios externos. El samurai rechaza la moraleja “cuando el destino nos alcance”.

Siempre hace uso de su voluntad y capacidad para cumplir sus propósitos y para modificar el curso de las situaciones que afronta. Si se deja la voluntad al azar estará permitiendo que otros impongan condiciones y no hay nada peor que perder el control.

Al saber que nada se hace “por tirar los dados” empleará todo su ser en actuar porque nada es sencillo o complejo como parece.

El humano da por hecho una serie de cuestiones vitales, tales como: respirar, caminar, pensar, hablar, reír o simplemente dormir, no obstante que cada uno de estos actos son encendidos por una intrincada red de reacciones físicas, químicas y eléctricas, que ponen al descubierto movimientos corporales, intercambios de fluidos y sinapsis neuronal.

Un samurai nunca da por hecho nada y todo lo asume como un nuevo reto donde emplea lo que esté a su alcance, porque si nada es azar, sólo le queda impulsar su determinación para generar oportunidades y luego convertirlas en fortalezas.

El samurai nunca se abandona a su suerte y lucha -en primera instancia- por aceptar su devenir, para luego, si lo desea y puede, trastocar lo que aparentemente es inevitable.

*** El libro completo consta de 150 páginas…Esta versión es de preámbulo. B.H.G.

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FILOSOFÍA DE VIDA AL ESTILO SAMURAI


UN SAMURAI NO SE LLENA EN LA VASTEDAD
NI SE VACÍA EN LA NADA
Por Baltasar Hernández Gómez

Hemos sido educados (siendo más específico diría “entrenados”) en conocimientos lineales, que simplemente representan ejes cartesianos X y Y, que dejan ver puntos que se unen en intersecciones, para saber el sitio superficial de las cosas en un plano de ubicación.

Vamos creciendo y acumulando información y las coordenadas cartesianas se metamorfosean en tres dimensiones X, Y y Z, cambiando muy poco las referencias validadas por la historia y la cultura. En nuestra juventud y adultez nuestra visión no es plana como al principio, pero tampoco universal por sus cuatro costados. Cuando nos percatamos que la vida se ha convertido en figuras geométricas, caemos en la cuenta que sabemos medir distancias, perímetros, superficies y contornos de lo que presumimos ser, así como el sitio donde imaginamos tener o poner las cosas que nos rodean.

Sin embargo, muy pocos trascienden al plano cuatridimensional, es decir, los cubos infinitos donde también interviene el tiempo (X, Y, Z y T) como variable que cambia las dimensiones de lo que somos, pensamos y actuamos. Desde el punto de vista de la física un objeto viene acompañado de un acto, que es situado en un tiempo. Por tanto, algo existe, se desarrolla y llega a su cometido en un tiempo determinado sin que ello concluya del todo. Esto es: se existe en este plano cuatridimensional, pero al mismo tiempo se desarrolla en paralelo la relatividad de actos simultáneos, contenidos éstos en el mismo entorno sin que cada acción se percate de ello.

Si asumes esta conceptualización de vida, luego entonces no habrá límites, sino tan sólo fases ad infinitum para abordar. Al llegar a una fase se pasa a otra sin perjuicio de nada pasado o de lo que siga. El único límite real es el que uno mismo establezca: "Si piensas actuar poniéndote límites, lo único que estarás logrando es morirte en la línea plana o forma geométrica que dibujas en tu interior, lo cual te condena a morir irremediablemente”.

UN SAMURAI NO DEFINE LA VIDA,
TAMPOCO DA NOMBRES NI SIGUE REGLAS,
PUES TERMINARÍA ANIQUILADO
Por Baltasar Hernández Gómez

Cuando quieras vivir a plenitud no debes anteponer los valores y principios dados como válidos. No pongas conceptos o nombres a las cosas o pensamientos que te ayudan a actuar. Si lo haces estás inscribiéndote en un modelo que es fácil repetir y ser repetido, pero que no necesariamente es el correcto para seguir viviendo. En este momento lo actuado se convierte en algo dado, descifrable, cómodo, convirtiéndolo en su propio verdugo.

Cuando antepones a las cosas un nombre es como si le pones una placa de reconocimiento a las “calles” de la vida (tu vida). Esto se convierte en un mapa previsible, que resta efectividad, movilidad y libertad. Traza tu senda en una sola dirección: Vive para actuar y actúa para vivir. Si te detienes a descifrar las cosas que suceden alrededor; si comienzas a nombrar las cosas para darle un significado, estarás perdiendo fluidez, porque te encierras en los trazos que estás creando y en los que otros han trazado.

Es así que no hay más remedio que vivas para actuar y actúes para vivir, evitando senderos inflexibles o recorridos por el simple hecho de haber sido explorados por otros. Cuando consigas transitar por el camino propio, es decir, el que vas construyendo sin pensar en distancias o características construidas por los demás, obtendrás libertad para seguir existiendo.

Si todo a lo que aspiramos y nos enfocamos es vivir para actuar y actuar para vivir estando íntegramente constituidos ¿Por qué limitarse a una forma preconcebida, que tal vez funcionó para otros, pero no para uno mismo? Es posible que las ideas prefijadas antes de la acción sean erróneas, disfrazadas de lucha continua (pero que esconde el proceso viciado que repite sin cesar “equivócate, pues siempre tendrás tiempo para seguir haciéndolo”).

Si nos empeñamos en seguir la máxima del samurai vivir para actuar y actuar para vivir estaremos recorriendo una infinidad de rutas, las cuales sin nombre o etiquetas nos pueden mostrar la luz que necesitamos para ser y estar.

UN SAMURAI SIENTE QUE CADA DÍA ES UN PRÉSTAMO
QUE TIENE QUE DEVOLVER A LA VIDA
Por Baltasar Hernández Gómez

Se debe vivir el momento sin ningún tipo de pensamiento negativo ni mucho menos de exigencia por futuros inciertos. Estamos acostumbrados a pensar y no actuar el ahora, añorando el pasado y planificando lo que presumimos vendrá. Es por esto que debes enfocarte para actuar con toda intensidad en cada cosa que realizas (no debes pensar en actuar, sino en actuar y punto).

Disfruta levantarte por las mañanas; exígete, pero también consiéntete porque nada es para siempre, si no solamente hoy. No te preocupes por intangibles, porque lo mejor de la vida es ocuparte en lo que vas a efectuar. Debes centrarte en el presente, en lo que haces en cada momento, ya que sólo de esta forma eliminarás el estrés y la ansiedad que traen los pensamientos sobre lo que te ha ocurrido y lo que supones puede ocurrirte.

La vida se vive ahora: maravíllate de estar vivo; disfruta tus comidas, tus pensamientos, tus ocurrencias, temores y arrojos. Siente que en cada acto que realizas va todo tu ser sin ningún tipo de miramientos.

Estamos “entrenados” en esperar acontecimientos fantásticos para empezar a disfrutar de la vida, que cuando llegan no son como las imaginamos o consideramos que no están a la altura de nuestras expectativas. Tienes que re-educarte y encontrar la vía que hace que todo sea maravilloso por vivir, en cada pequeño momento de la cotidianeidad.

Siempre hay una belleza oculta en cualquier instante del día. Basta que cambies la actitud y mires alrededor con voluntad de ser y estar íntegramente. Eres tú y nadie más que tú quien decide cómo interpretar el mundo y determinar tu actuar para vivir.

UN SAMURAI SILENCIA LA VOZ QUE DICE IMPOSIBLE
Por Baltasar Hernández Gómez

Paraliza tu capacidad de pensar de más. Silencia tu capacidad de elucubrar, pues vivir para actuar y actuar para vivir es una constante para desterrar miedos y soberbias, que lo único que te traen son consecuencias negativas. En la mayoría de las ocasiones la mente humana juzga, compara, se enfada y lamenta, por lo que es necesario que detengas los pensamientos en tu actuar.

Cuando aparezcan los pensamientos limitados no hay que dejar que te carcoman la intención de hacer ni mucho menos la voluntad de actuar. Una manera efectiva de parar los pensamientos es encontrarse a solas y en silencio (aún rodeado de objetos y personas), ya que desde esta situación podrás dar el justo valor a las cosas. El silencio (mental y de lenguaje) permite poner las cosas en su real dimensión, alejando ansiedades innecesarias.

Eliminar las interferencias del pensamiento reactivo y colocar voluntades activas te permitirá hacer las cosas para vivir a plenitud. Busca un momento del día para que estés solo contigo mismo, pero lo más importante encuentra esos espacios cada vez que enfrentes situaciones de contrariedad. Bastan unos segundos o minutos, en su caso, para ver cómo corren en múltiples direcciones las líneas de los sucesos que ves o vives.

En ese tiempo no deben existir pensamientos contrariados ni voces que te impidan pensar con precisión o inmovilicen tu actuar. Intenta que esta disciplina íntima se convierta en una constante flexible para aclarar tu mente, pero sobre todo tu forma de actuar en consecuencia.

Dale vuelta a las situaciones incómodas o difíciles de resolver a tu favor. Cambia la percepción que tienes para ver e interactuar con las cosas. La realidad no es buena ni mala, sino de la manera en que la percibes y actúas en ella. Es algo así como cuando dos hombres en la misma celda se asomaron a la ventana de su prisión: uno vio el metal que no lo dejaba escapar a la libertad y el otro contempló las estrellas del firmamento. Así es la vida: del cristal con el que quieras mirarla.

UN SAMURAI DEBE TENER VISIÓN DEL UNIVERSO MÚLTIPLE
Por Baltasar Hernández Gómez

Las cosas que piensas y haces no son únicas ni están desconectadas del todo. Lo que realizas está directamente relacionado con lo que te propones y con los asuntos que se desenvuelven a tu alrededor. Tu alcance es la medida de vivir para completar tus deseos en el ahora, pero debes tener presente que esto irremediablemente impacta al universo mismo.

¿Cómo es esto? La sensación de bienestar en ti no suele ser la misma que para los demás. Si bien es cierto debes vivir para actuar y actuar para vivir, tienes que cuidar que tus quehaceres no contraigan más facturas a pagar que las que deseas obtener. Aún cuando lo que hagas es porque debes hacerlo, en la medida que tus actos sean impecables e implacables estarán encajándose con los actos de los demás (que no deben importarte ni mucho menos obstaculizarte).

Al actuar piensas en conseguir el satisfactor tangible o intangible de las cosas, pero no por ese simple hecho siempre ganas, porque si siempre ganas no significa que ganas siempre. Prepárate para actuar y no para obtener triunfos (traducidos en ganancias), pues si lo haces estarás condenado al dolor del fracaso.

Si vas manejando y se atraviesa un animal tratarás de desviar el vehículo en que te transportas, pero esta misma acción de salvarte y de no perjudicar la integridad del animal, puede ocasionar que el vehículo se deshaga (y tú con él), o bien, que atropelles a otro sujeto o animal y, en el último de los casos colisionar con otro vehículo y perjudicar a terceras personas u objetos.

Así es el acto en el universo: uno nunca sabe los alcances que derivarán, pero no por esto te detengas a hacer lo que debas hacer.

UN SAMURAI DEBE SER LÍQUIDO QUE SE MOLDEA, PERO QUE NO ESCAPA.
Por Baltasar Hernández Gómez

No busques establecerte en un punto de comodidad. No te acoples a lo ya explorado porque te ha resultado positivo. No adoptes formas preconcebidas, sino amóldate a la forma que consideres oportuna adoptar para vivir. Debes tener la característica de los fluidos, pues esto te permitirá acondicionarte en la mejor posición para seguir actuando.

Viértete y constitúyete en la forma que requiere el momento. Construye tus propios moldes y vacía el propio líquido en otros nuevos, de acuerdo a las condiciones que vivas. Si debes ser círculo, pues sé círculo, pero si en otra ocasión esta figura no es adecuada, entonces hazte cubo o triángulo o lo que fuese necesario ser, para seguir actuando.

El líquido no sólo se acomoda y se mantiene pasivo, sino que desborda, rompe y desgarra los moldes para transformarse en nuevas cosas. La gota de agua por sí sola es cantidad que provoca ruido y ritmo, pero repetida un millón de veces taladra, perfora y cambia su entorno. Esto no significa ser voluble o cambiante: es camino para abordar nuevas cosas sin revestirte de durezas.
UN SAMURAI HACE UNA Y OTRA VEZ LAS COSAS
QUE TIENE QUE HACER.
Por Baltasar Hernández Gómez

No se trata de repetir esquemas ni volverse predecible o duro en las formas de actuar., sino por el contrario, haces lo necesario con disciplina redoblada para alcanzar el momento. Nadie toma importancia a las personas que hablan con un millón de frases elegantes, pero sí pones atención hacia aquellas que han pronunciado una frase contundente un millón de veces.

Al igual que un boxeador que pega cientos de golpes a diferentes partes de la humanidad de su contrincante, sólo consigue acumular puntos; el más efectivo es el que pega un gancho al hígado cientos de veces. Actuar, actuar y volver actuar hasta alcanzar tu propósito es la constante del samurai (la tuya). Un escritor o un artista, por ejemplo, debe a su disciplina de trabajo y más trabajo la majestuosidad de su obra, que se convierte en inmortalidad.
B.H.G.

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