ANÁLISIS POLÍTICO Y SOCIAL, MANEJO DE CRISIS, MARKETING, COMUNICACIÓN Y ALTA DIRECCIÓN

Este es un espacio para conceptualizar, analizar, efectuar crítica y proponer estudios sobre política aplicada, marketing, comunicación, educación, métodos aplicados, alta dirección y proyectos sustentables. Contacto:baltasarhernandezgomez1@hotmail.com, baltasarhg@gmail.com

miércoles, 22 de febrero de 2012

SÍNTOMAS PATOLÓGICOS DEL PODER POLÍTICO EN MÉXICO


LA ENFERMEDAD DEL PODER POLITICO EN MÉXICO
Por Baltasar Hernández Gómez*


En un sistema político fundado en el presidencialismo, que amalgama un legado autoritario, sea por cultura, usos y costumbres o definición jurídica, el poder que se ejerce por la clase dominante llega a niveles enfermizos, toda vez que la operatividad del control social depende de la estrategia de producción y reproducción del statu quo. En México, el Jefe de Estado, que es al mismo tiempo Jefe de Gobierno, está investido por poderes constitucionales otorgados por la Ley, pero sobre todo, por normatividades metaconstitucionales que le brindan oportunidad de hacer y deshacer a su antojo, dependiendo de los intereses personales y/o grupales hegemónicos durante su periodo de mando.

Hace casi medio siglo Daniel Cosío Villegas (intelectual y fundador de El Colegio de México) señalaba que las facultades del presidente de la República se materializaban conforme a su estilo personal. Sin embargo, los estilos no solamente están referidos a las características físicas, actitudes y aptitudes del gobernante, ni siquiera por la carga informativa que le llega por propios o extraños, sino a lo que “pasa en ciego para la multitud”, a lo oculto de su proceder, es decir, a sus raíces formativas, de vida, que lo han hecho llegar hasta el punto máximo de la pirámide política nacional.

El poder convertido en nombramiento, en banda tricolor con el águila devorando la serpiente se adhiere a la dermis, pero también a la sinapsis neuronal. De ahí que el portador siente, desde la toma de posesión, que es un súper hombre que todo lo sabe y que todo lo puede. A partir de la segunda mitad de los años treinta del siglo XX los presidentes de México interiorizaron ser portadores del bastón de mando azteca; de la corona monárquica europea y de la fuerza de las instituciones creadas para según, servir y proteger a la sociedad. Los presidentes asumieron para sí el enorme poder de decidir el proyecto de Nación que, a su parecer, es el más adecuado. Los tres niveles de gobierno y la sociedad se transformaron en entes pasivos que sólo alcanzaban a musitar un Sí a cualquier cosa que emanara del Palacio Nacional.

A los ojos de la masa social (recordemos que por más de 60 años las clases sociales fueron tratadas como simples engranes del corporativismo político) el presidente se erigió en un ser con cualidades cuasi divinas, apreciándolo como juez, militar, administrador y paterfamilias que podía resolver todo tipo de cuestiones mundanas. En la subcultura política se anidó un simbolismo bastante barroco y surrealista donde la ciudadanía era apéndice de la autoridad suprema, tejiéndose una red donde el pensamiento y la acción social debían basarse en el inactivismo, pero por encima de ello, en la aceptación de los requerimientos emanados de la cúpula.

El presidente repartía y quitaba tierras; creaba y otorgaba trabajo, aumentos salariales, firmaba escrituras, expropiaba, se endeudaba en el exterior, brindaba apoyos monetarios, se paseaba con las masas desvalidas, se fotografiaba con los pobres y hasta nacionalizaba bancos, para luego devolverlos reestructurados a los grupos financieros nacionales y extranjeros. Era -al mismo tiempo- el más implacable enemigo de sus adversarios y el más subordinado a las políticas de los países industrializados y organismos acreedores. Mandaba al exilio a sus detractores, censuraba a los medios de comunicación y podía vender o adquirir bienes para México, parientes, amigos y compadres.

Y llegó el año 2000 con los supuestos vientos de cambio estructural. Apareció la categoría denominada transición, para incrustarse en la psique social como alternativa para alcanzar un mejor modo de vida. El sistema político vio por primera vez en 71 años un cambio de forma. Ya no iba a ser el PRI el partido de Estado, sino el PAN y su apariencia de órgano opositor quien gobernaría a más de 100 millones de mexicanos. No obstante de la creencia inicial, a 11 años y dos meses de que la presidencia de México esté en manos de dos panistas, el Poder Ejecutivo tuvo si acaso cambios puramente morfológicos. El poder y la manera de ejercerlo permanecieron, ya que la médula del autoritarismo siguió generando decisiones verticales y cerradas, de arriba hacia abajo.

En los últimos cinco años Felipe de Jesús Calderón Hinojosa remasterizó el “tlatoanismo”, lo cual representó la vuelta a escuchar mensajes crípticos; a tratar de digerir discursos asistencialista; a aceptar como válido el descomunal gasto de los recursos públicos desde su particular perspectiva pro religiosa y empresarial. El sello de la actual administración federal ha sido una guerra contra el crimen organizado; programas paliativos para que la pobreza sea disfrazada de equilibrios sociales y económicos; de acciones mediáticas para fortalecer la imagen presidencial desde 2006. En la ineficacia de su sexenio, Calderón Hinojosa robusteció su aparato de seguridad; permitió que sus allegados, colaboradores y familiares directos e indirectos hicieran de las suyas. Ante el caos, el ejercicio del poder se volvió enfermedad.

Y la enfermedad del poder invadió a Felipe Calderón, notándose ciertos síntomas, tales como: prepotencia, incapacidad para aceptar disensos, altos niveles de autoritarismo, negación de la realidad, adicciones, narcisismo, omnipotencia y negación de límites. El actual presidente, más allá de su nariz abultada y rojiza que para muchos es indicio de alcoholismo, protege a aliados y recrimina a opositores; concibe al combate contra el narcotráfico como bastión único de su administración, pese a que se han dado 50 mil muertos, que son vistos como “daños colaterales” a lo largo y ancho del territorio nacional; aumenta salarios a las fuerzas armadas y policiales, mientras niega beneficios a las clases más desprotegidas; asume la defensa de funcionarios incapaces o acusados de desvíos de recursos; regaña a quienes en actos no están de acuerdo con sus políticas gubernamentales; permite la firma de convenios de colaboración internacionales, poniendo en riesgo el patrimonio y la soberanía (como el caso más reciente de “colaboración” en materia de energéticos en la franja fronteriza EUA-México).

Felipe Calderón o Felipillo como lo llama Jairo Calixto en su programa de sátira política en Milenio TV, es la muestra palpable de que el poder enferma en grado superlativo. Él es él y nadie más. Él es él y su esposa. Él es él y que la Nación viva en crisis, incertidumbre, desesperanza y muerte.
La versión blanquiazul del presidencialismo mexicano se ha cerrado completamente y no acepta críticas ni sugerencias para que, por lo menos en los últimos 10 meses de gestión que le quedan, pudiera haber cambios que beneficien a la colectividad. La enfermedad del poder del presidente en turno hace que México subsista en medio de una tasa de crecimiento económico de 1.7% y que su administración gaste cuatro veces más del presupuesto original programado; en medio de balas, explosiones, secuestros, extorsiones y con el ¡Jesús! en la boca por la inseguridad, desempleo y falta de oportunidades para alcanzar una calidad de vida digna.

Calderón Hinojosa ha sido penetrado a nivel celular por la enfermedad del poder, haciéndolo ver un país inexistente. La enfermedad no sólo produce espasmos y una desconexión absoluta de la realidad, sino que lo satura de justificaciones para no acarrear con culpas. En su interioridad Felipe Calderón cree y quiere hacer creer por todos los medios de comunicación que él es héroe que ataca a los malos, aun cuando en su lucha orquestada arrastra a miles y miles de mexicanos inocentes. Esta ceguera los hace que se autonombre paladín que hace lo que nadie ha querido hacer antes por el bien de México.

Su enfermedad lo dejó solo y con muchas cuentas pendientes, que más temprano que tarde, tendrá que rendir explicaciones al país y al mundo (hay que tener presente la renuncia del presidente alemán Christian Wulf hace unos días por haberse descubierto que tenía relaciones inadecuadas con un club de empresarios a os cuales benefició; así como los juicios a ex-mandatarios de Europa del Este, Asia y África). Punto. B.H.G. baltasarhg@gmail.com
* Maestro en Ciencia Política por la UAM y UNAM, catedrático, analista y
escritor.

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martes, 26 de julio de 2011

PODER POLÍTICO Y LA ELIMINACIÓN DE ESTORBOS.


PODER POLÍTICO Y LA ELIMINACIÓN DE ESTORBOS.
Por Baltasar Hernández Gómez.
[Extracto de mi libro Tácticas de poder, Editorial Pretextos, México, 2008].


Ejercitar PODER requiere primeramente erradicar ideas y prácticas culturales, que han sido aceptadas como válidas, muchas de las cuales invalidan la capacidad para transformar para sí un entorno inhóspito o impenetrable. Entrar al juego de PODER da posicionamiento en las relaciones con otras personas o instituciones y suprime elementos negativos que inhiben el avance óptimo para ganar autoridad.

Es indispensable romper esquemas de timidez y conformismo, pues paralizan la ofensiva. Se necesitan adquirir paradigmas de cambio para dar el salto a una posición de PODER aunque esto signifique borrar el pasado o transformar estilos caducos, que resultan estorbosos. Es confortable vivir en medianía, ya que se tiene un statu quo promedio;, trabajo, propiedad, automóvil hijos en instituciones públicas o privadas;, dinero para tomar vacaciones una vez al año, seguro de vida y fondo de retiro. Sin embargo, en la profundidad del ser hay una recóndita sensación de no estar en el sitio que algún día pensó estar.

Dejar la burbuja de comodidad permitirá potencializar las aspiraciones e incorporar cambios que lo hagan descollar. ¿Qué se necesita eliminar para adquirir PODER?

A continuación detallo los puntos que son obligatorios erradicar para situarse en el control de las cosas:

Basarse en valores:

Las personas actúan tratando de ajustarse a un catálogo de valores axiológicos que impiden alcanzar los objetivos trazados, ya que enfatiza códigos de “bondad y maldad”, que restringen el espacio de libertad para hacer las cosas. Establecer como plataforma de despegue lo bueno y lo malo; lo blanco y lo negro, nos aparta de la eficacia para lograr metas.

Las relaciones de PODER no se someten al imperio de la buena voluntad, pues en un acto de dominación sólo valen los instrumentos desplegados para llegar a un fin. Decía Dante Alighieri que “el camino al infierno está plagado de buenas intenciones” y es verdad: actuar con PODER debe prescindir de justificaciones morales, que son pretextos ideológicos para ocultar las intenciones materiales y quedar paralizados.

Aunque uno piense que todos trabajan con sentido ético, buscando beneficios particulares sin alterar el bien común, la realidad es que esto disfraza el carácter de clase del Estado, los intereses del mercado y los comportamientos ocultos de cada una de las personas. La gente piensa para sus adentros “de que lloren en mi casa, mejor que lloren en la de otros”.

Resulta falso pensar que la esencia del sistema imperante es homogeneizar a todos para que alcancen niveles igualitarios y equitativos en su calidad de vida. El capitalismo como modo de producción tiene un conjunto de valores que privilegian la competencia, propiedad privada y la acumulación, que son impedimentos para que exista una convivencia comunitaria, como lo señaló Tomás Moro en su libro Utopía. Asumir que todos juegan éticamente es vivir en el error.

No hay buenos ni malos, sino hombres y mujeres que quieren escalar posiciones para alcanzar metas específicas, en el plano grupal, familiar y personal. Si se va a introducir al escenario de PODER tendrá que erradicar el sentimiento de culpabilidad, pues si no lo concientiza está destinado a ser anacoreta, un inadaptado que se sujetará a los designios de otros.

Actuar anteponiendo sentimientos:

Hacer que prepondere la pasión versus racionalidad produce sentimientos encontrados, que obnubilan la correcta toma de decisiones. Caer en el terreno de las emociones como: amor, odio o venganza, demerita la estrategia de PODER, ya que es obstáculo para alcanzar los fines que se quieren. Si esto continúa hay crecimiento cero, lo cual conduce a seguir el juego de los adversarios.

Las pasiones son malas consejeras para la activación de tácticas de PODER, ya que se convierten en componentes que distraen esfuerzos. Si coloca la emoción como prioridad y a las políticas de dominio en posición secundaria está condenado al fracaso. Si los sentimientos son dejados a un lado la relación con las otras personas será de nivel superior, en virtud de que habrá objetividad.

Si la razón impera se guarda la distancia correcta, que permite ver la ocasión para determinar una acción a favor y alejar cualquier tipo de peligro. No debe haber cabida para los sentimientos añejados ni retrotraer iras acumuladas que desvíen el objetivo planteado. Si ofrece muestras de enojo, contrariedad o deseo revanchista, el adversario las puede utilizar en su contra y desbalancearlo. Los sentimientos deben guardarse en el cofre de los recuerdos y no sacarlos públicamente porque se corre el riesgo de perder control y, por ende, PODER.

Dejarse llevar por sensaciones personales:

Si se considera al PODER como asunto personal hay peligro de involucrar no solamente emociones, sino integridad psicológica y física, lo cual demerita su salud y la convivencia con sus seres queridos. Las relaciones sociales y profesionales deben ser tomadas como un estricto ejercicio de estrategia, para poner y quitar piezas que lo sitúen en una posición dominante.

Si hay involucramiento personal se devalúa la objetividad y se pasa al terreno subjetivo, repercutiendo negativamente en la puesta en marcha de las tácticas para alcanzar victoria. “Nada es personal”: el PODER no tiene nada que ver con simpatías, fobias o agravios. Uno de los diálogos más impactantes en la prestigiada película “El padrino”, Marlon Brando, que personifica al jefe de la Cosa Nostra, Vito Corleone, da un consejo a su hijo (Al Pacino): “no debes tomar nada como asunto personal, de lo contrario no podrás llevar los asuntos de la familia”.

Estar desprevenido:

Si por confianza u omisión se deja que las cosas ocurran por sí solas, lo único que se consigue es mostrar flancos débiles a los adversarios. La no prevención hace que los ritmos y condiciones que establezca anticipadamente su contrincante sean acatados por usted.

La mejor forma para evitar este estado cataléptico es “estar siempre alerta”, que predispone preparación del escenario, argumentación y fuerza de ataque ante cualquier situación potencialmente riesgosa. Si se está desprevenido los cálculos costo-beneficio pueden ser catastróficos, trayendo como consecuencia desmoronamiento o retardo forzoso para la concreción de planes.

Ignorar al adversario:

Subvalorar al adversario provoca sorpresas inesperadas, que pueden desembocar en derrota. Ignorar las capacidades y experiencias del contrincante es la forma más estúpida de perder PODER, porque nadie se presenta sin estudiar al de enfrente ni el entorno que lo rodea.

El análisis del contrincante es primordial para saber cuáles pueden ser los impedimentos para dominar un evento. Si de origen se ignora al oponente no habrá posibilidad de cambio para sortear imprevistos.

No hay que olvidar que el juego de PODER demanda el ajuste del oponente a los patrones de dominación planeados. Olvidarse de las potencialidades del otro es someterse al campo de acción contrario.

Tener conocimientos parciales:

Para tener PODER no sólo debe contarse con conocimientos particularizados del proyecto que se quiera dominar, sino también saber las implicaciones, historia y experiencias que han ocurrido o están pasando en otras latitudes. Es preciso pensar globalmente y actuar localmente.

Para imponerse es necesario contar con datos locales, regionales, nacionales e internacionales, así como experiencias exitosas y de fracaso, que lo ayuden a tener una perspectiva amplificada para acceder, mantener y acrecentar el PODER.

Creer que todo es igual:

Recuerde que el tiempo cambia y los individuos cambian con él. Para estar en posición de PODER se requiere tener flexibilidad para ajustar la estrategia, con la finalidad de que las variables que se vayan presentando no hagan que usted baje la guardia.

Es fundamental tener preparadas salidas alternas ante complicaciones no previstas, ya que cuando no se construyen escenarios de crisis se da apertura a que el adversario desmembre la estrategia programada. Si se es rígido e intransigente ocurre un efecto espiral de ataque por parte del contrincante que puede desequilibrar el PODER. Pensar rápido, ajustarse al medio y activar opciones emergentes fortalece su imagen y el aniquilamiento del adversario.

Actuar con estilos duros:

Cuando se actúa con posturas rígidas y estilos definidos, que pueden ser decodificados por el contrincante, se corre peligro de que identifiquen anticipadamente el método de PODER que vaya a emplear. El camuflaje es una técnica que saca de balance a los oponentes, ya que al variar su punto de equilibrio no tendrá la mínima oportunidad para conocer las tácticas que se utilizarán para conseguir/reafirmar PODER. Quien no sabe esto se convierte en cazador cazado.

El sincretismo es la adopción -a propósito- de una acción “similar” a la de su contrincante. Sincretizarse da PODER en tanto no se muestran las armas, sino por medio del “reflejo” del otro. Si el oponente tiene la idea de que existe concordancia con sus planteamientos no se preparará para los embates que inclinen la balanza a su favor. Actuar sincréticamente hace suponer al adversario que es posible derrotarlo sin mayor esfuerzo. Al asumir esta idea se descubre como tal porque, poniéndose a la altura que usted previamente ha programado.

Ser transparente:

Mostrarse abiertamente es regalar una radiografía del PODER que se posee. Por esto es preciso que enseñe una porción bien delimitada de las habilidades con que cuenta. El meollo del asunto es ocultar los fines últimos de la estrategia que se quiere fraguar, toda vez que si hay exhibición el adversario no sólo trazará vías de escape, sino que devolverá ataques más intensos hacia las debilidades detectadas, lo cual lo puede debilitar hasta un punto de desgaste y rompimiento.

No decir todo lo que se piensa ni hablar de más es una cortina de humo, un impasse que desconcierta al oponente. No exagerar actuaciones ni demostrar emociones e intenciones logra un impacto desastroso en el adversario, ya que no le da pistas del rumbo que vayan a tomar las cosas. Cuando demuestra una actitud de atención con silencio el adversario no sabe a ciencia cierta qué está pensando ni cuáles van a ser sus próximos movimientos.

No decir nada forma parte de la táctica del silencio. Resulta desesperante para el adversario no tener claros sus propósitos, menos aún cuando usted no dice nada. El manejo del silencio no consiste en quedarse mudo, sino en espaciar –a voluntad- los tiempos de su participación. Nunca diga más de lo que le solicitan. Conteste lo estrictamente necesario y no deje ver sus pensamientos personales. Revierta preguntas, para que su oponente continúe exponiendo sus puntos de vista, mientras usted acumula fuerzas, así como respuestas menos riesgosas. B.H.G. Ω

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lunes, 13 de junio de 2011

VIVIR PARA Y POR EL PODER


VIVIR EN EL PODER
[Introducción y consideraciones preliminares
del libro de mi autoría
Tácticas de poder, editorial Pretextos, México, 2008]

Por Baltasar Hernández Gómez.


PODER es la facultad que tiene una persona u organización para influir y determinar el modo de pensar y la conducta de los demás. Constituye la piedra angular por la cual mujeres y hombres se integran a los protocolos y rituales sociales en términos óptimos y favorables. El PODER tiene una relación intrínseca con la dominación, que no es otra cosa que el proceso integral para estructurar, dirigir y hacer que un fin se cumpla a través de los medios humanos, técnicos, materiales y técnicos con los que se dispone.

La dominación adquiere diferentes formas: el padre que ordena a la esposa e hijos; el profesor que direcciona el conocimiento de sus alumnos; el sacerdote que condiciona la espiritualidad de la feligresía; el político que decide los asuntos de interés público en materia económica, social, política y cultural, entre otras muchas maneras de ejercer poder. Es evidente que una de las representaciones más conocidas de PODER es la política, toda vez que el impacto de sus realizaciones repercute en millones de personas.

El PODER se ha convertido en un asunto trascendental para la consecución de todas las actividades sociales, ya que tiene que ver con las aspiraciones tangibles e intangibles del Hombre moderno. Quien no tiene PODER o por lo menos un segmento de mando, para direccionar el comportamiento de otro(s), simple y sencillamente se siente inútil. Para muchas personas la carencia de PODER resulta intolerable, toda vez que los hace sentir desprotegidos para continuar con su modo de vida.

En la dinámica competitiva del sistema de vida prevaleciente los sujetos sociales son convertidos en “jugadores”. En este escenario va a resultar imprescindible que los “jugadores” luchen por cuotas de PODER, que los haga sobresalir o por lo menos sobrevivir a los embates de los adversarios potenciales o concretos. Nadie quiere vivir por siempre bajo la égida de otros: se ansía tener y acumular PODER para llegar a un mejor estadio económico, social, político, de prestigio y mando. Quien lo niegue, miente, pues sin decirlo la gran mayoría de la gente moviliza sus actos por medio de “insumos” promovidos por vanidad, status, conocimiento, fama, dinero, reconocimiento, etc.

El PODER no es un talento innato del ser humano, sino producto del acervo y la experiencia acumulada. El niño no se impone a otros niños por razones puramente genéticas o provenientes de códigos sociales, sino por medio de un desarrollo físico, intelectual y práctico que le permitirá tener hegemonía. El PODER tampoco es una cuestión metafísica, que está a expensas de factores externos, como si se tratase de un don extraterrenal. El PODER aunque muchas veces pareciera etéreo, en la realidad es concreto y puede ser percibido por sus consecuencias.

La capacidad para impulsar acciones de PODER en la vida profesional tiene que ver con la praxis de elementos técnicos, materiales, físicos y educacionales, los cuales tiene que ser cultivados ex profeso para activar racionalmente las potencialidades de dirección y control.

Todos irremediablemente formamos parte del juego de PODER: unos que se evidencian al explayar sus intenciones y otros que emiten subrepticiamente su anhelo, adoptando conductas pasivas, pero sin dejar de estar en la trama. Si se es activo habrá procuración para mantener el PODER. Si se es pasivo añorará buscar los instrumentos para agenciarse PODER. Si alguien se engaña en considerarse neutral sólo sufrirá perjuicios por su indefinición.

Asumir ser jugador en el escenario del PODER no es tarea fácil, en virtud de que se demanda una readecuación de los parámetros cognitivos y de acción con los que se visualiza al mundo. Exige una posición de impecabilidad e implacabilidad, ya que las aptitudes que se despliegan no son naturales o espontáneas, sino resultado de un entrenamiento in situ de reglas para obtener, consolidar y reproducir estructuras de dominación.

Cuando hablo de dominación no me estoy refiriendo a cuestiones maléficas, que puedan promover malestar o destrucción de los otros, sino a la capacidad para conseguir resultados exitosos. Se necesita aprender y manejar sistemáticamente un cúmulo de actitudes y aptitudes, a efecto de aplicar estrategias que asignen roles, funciones y responsabilidades para el ejercicio del PODER en una situación determinada.

Aspirar a tener PODER implica el compromiso interno de controlar conscientemente el entorno de vida, sin que haya reminiscencia de culpabilidad, ya que el proceso de dominación no se implanta tomando en consideración valores axiológicos. El hombre y la mujer que entra al espectro de PODER no puede pensar en parámetros morales, porque esto lo nulifica. La separación de “lo bueno y lo malo” tiene que ver con una cuestión estrictamente dirigida a intereses. No puede haber actuaciones, bajo supuestos de buena voluntad o fe (si un familiar o aliado trata siempre de defenderlo, pero sus actos conducen al fracaso será preciso neutralizarlo a como dé lugar, sin pensar en los lazos sanguíneos o de afinidad que existan).

El PODER es un juego que todo mundo juega, que tiene su origen en el diagnóstico del ambiente donde se desenvuelven los participantes. Las personas -en cualquier medio social/laboral- tratan de imponer sus reglas bajo el precepto de “salir lo menos raspado”. En cada acto que se efectúa está presente el PODER y por esto es indispensable tener una estrategia que optimice la toma de decisiones. Ésta debe ser acompañada por un conjunto de tácticas, que son los mecanismos operativos de la estrategia, para lograr los objetivos trazados al menor costo posible.

Muchos autores sobre el fenómeno PODER recalcan que las personas deben mentir o engañar para tener éxito en su vida personal y profesional, lo cual es una argumentación falaz, pues no es posible sentirse integralmente realizado por medio de prácticas insanas. Integrarse al PODER requiere entrenamiento para potenciar las fortalezas y disminuir las debilidades sin que esto signifique morir en el intento o vivir una representación teatral, que al final vaya en detrimento de la estabilidad psicológica y emocional.

Aprender a conducirse con PODER demanda la adopción y adaptación de un conjunto de normas, según sea la circunstancia que se enfrente. A continuación detallo las más importantes características para afrontar situaciones de PODER:

1. Eliminar los referentes de bondad y maldad.
2. Erradicar actuaciones pasionales (enojo, prejuicio, amistad, enemistad).
3. Incorporar el pensamiento “nada es personal”.
4. Ser objetivo para la determinación de alternativas de ataque y respuesta.
5. Estar siempre en estado de alerta.
6. Diagnosticar el curso de los acontecimientos prevalecientes.
7. Estudiar al adversario y su entorno de desenvolvimiento.
8. Tener una visión ampliada de las cosas.
9. Ajustar las tácticas a los acontecimientos que se presenten.
10. Adoptar tácticas de mimetización y sincretismo.
11. Ser capaz de mostrar y ocultar a voluntad.
12. Ser impredecible.
13. Ser eficiente y eficaz en los cometidos que se realizan.
14. Ser impecable e implacable.

Muchas personas encuentran imposible adquirir PODER, anteponiendo la frase “eso a mí no me importa porque yo no estoy en la política”. sin embargo, reconocer que todos formamos parte de este intrincado “juego” social es atreverse a participar de manera proactiva y no pasiva. La vida no se vive con suerte o pensando que el destino coloca a cada quien con su cada cual. Muy por el contrario, el devenir se construye paso a paso con la firmeza de saber dónde se está situado.

¿Se puede vivir siendo una hoja en medio del vendaval? ¿Es posible conformarse a la categoría de subordinado? Mi opinión es que nadie puede existir sin una postura digna ante la vida. Nadie puede llegar a ser sin saber qué quiere, cómo lo quiere y cuándo activar las potencialidades humanas y profesionales que posee y que se ha ganado en su trayectoria. Hay que dejar de ser simples receptores y convertirse en hombres y mujeres íntegramente realizados. B.H.G. Ω

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jueves, 24 de marzo de 2011

CÓMO EJERCER PODER POLÍTICO


EJERCER PODER POLÍTICO CON FORTALEZAS PROPIAS
[Una re-visión sintética del pensamiento maquiaveliano]
Por Baltasar Hernández Gómez


Vuelvo a Nicolás Maquiavelo -como todo politólogo está obligado a hacerlo- con el propósito de analizar el ejercicio del poder, que es elemento clave para el estudio del Estado, sistemas políticos y partidos. Esto es importante porque los políticos y gobernantes que deseen adquirir o fortalecer poder deben tener fija la idea de ejercerlo con prestancia, impecabilidad e implacabilidad. Si alguien confía en fuerzas externas (ajenas, contratadas, adheridas por la coyuntura o por recomendación) nunca podrá tener plena seguridad de lealtad y eficacia, en virtud que éstas no cuentan con fundamentos de lealtad, inteligencia y conocimiento que los conecte directamente a la causa. Los grupos externos no poseen factores de cohesión, disciplina y subordinación al mando central y sí por el contrario, sobran elementos psicológicos y materiales que los pueden conducir a la deslealtad o al incumplimiento.

Las personas o instituciones externas/contratadas (Maquiavelo los identifica como “mercenarios”) carecen de unidad y sólo “publicitan” la política ficción de estar colaborando con sus capacidades, cuando en realidad realizan funciones superficiales. Estas fuerzas trabajan para la obtención y preservación del poder, teniendo como objetivo la adquisición de puestos, dinero, prebendas, concesiones, etc. En síntesis: no hay que confiar el poder a mercenarios o personas que sólo prestan asistencias por cuestiones materiales y que han estado en uno u otro bando para conservarse en la esfera política. Ningún sujeto sin sustento ideológico, capacidad o lealtad personal/institucional estará al ciento por ciento con un político o gobernante, o bien, razón política. Maquiavelo estableció puntualmente:

“Desean el servicio en tiempo de paz, pero cuando llega la guerra, huyen o desertan".

Si el político o gobernante depende de fuerzas externas está en posición de desventaja, pues si existen recursos técnicos y financieros los proyectos funcionarán en el corto plazo, pero si pronostican resquebrajamientos o dubitaciones tirarán todo por la borda e irán a ofrecer sus servicios a los rivales. Por lo regular las fortalezas ganadas por personas o grupos contratados desembocarán en problemas posteriores, ya que al sentir poder se sentirán partícipes del mismo, lo cual genera mayores ambiciones y deserciones a un mejor bando.

Las fuerzas externas incrustadas -de no tener control, freno o supervisión- comenzarán a obstaculizar la eficiencia del político o gobernante en el poder, poniéndolo entre la espada y la pared, porque de ellos dependerán próximos movimientos. Si llegaran a cometer despropósitos, la sociedad y aliados pensarán que lo hacen por órdenes superiores, lo que resta legitimidad y autoridad al detentador de poder. Si los “mercenarios” se enfocan en los campos de exhibicionismo, vicios, violación de la normatividad, la percepción hacia el gobernante será altamente negativa y esto podría suscitar, además de ilegalidad, ilegitimidad, descontento y rechazo. En un escenario catastrófico habría muchas posibilidades de que se originaran sucesos de anarquía y rebelión.

El líder, gobernante o político que no está al pendiente de los asuntos públicos debido a la delegación extrema de sus responsabilidades, está dando patente de corso a aquellos sujetos que sólo ejecutan instrucciones, pero que nunca tuvieron la sapiencia o tino de conformar estrategias. En contrapartida, un político o gobernante debe planificar, diseñar, desarrollar, ejecutar y evaluar programas y acciones precisas para conquistar, mantener y aumentar autoridad y dominación, auxiliado por personas con sapiencia, entrenamiento, experiencia y rectitud. Hay que delegar y desconcentrar, pero con la firme convicción de supervisar y transformar -conforme lo que ocurra en el entorno- lo planificado, a fin de no perder ningún ápice de poder.

El juicio justo está en la delegación de acciones operativas y al mismo tiempo el cuidado en que la toma de decisiones esté concentrada y resguardada en el político y gobernante, a efecto de continuar desarrollando estabilidad hegemónica: las manos y los pies jamás deben estar a la par de la cabeza, ni más ni menos.

Por tanto, un político o gobernante debe tener, además de trayectoria, conocimiento, actualización, preparación y fogueo para solucionar conflictos, vistos éstos como retos, a efecto de no perder poder en ningún aspecto práctico. Así pues, tiene que haber preparación en el terreno físico, intelectual y psicológico. Debe saber comunicarse en lo general y dirigirse también a públicos sectorizados. Ser firme en sus decisiones. Ser asertivo, empático y creativo. No valorar los sucesos con subjetividades o valoraciones predeterminadas o por comentarios no verificados provenientes de su círculo de amigos o familiares. Tiene que allegarse de personas expertas en todas y cada una de las esferas del conocimiento y la praxis.

El político y gobernante debe estar preparado para sentirse permanentemente en campaña (no solamente en el rubro político-electoral), planificando a corto, mediano y largo plazo, transitando el territorio y al pendiente de los grupos sociales, así como evaluando e inspeccionando procedimientos, programas y obras. Con esta visión estratégica debe acumular experiencias para vigorizar los cómo, por qué, cuándo y dónde deben tomarse decisiones, para mantener el poder conquistado.

Política es hoy en día la técnica de comunicar mensajes con eficiencia. Para alcanzar efectividad deben emplearse reglas psicológicas, discursivas, mercadotécnicas, sensitivas-subliminales e ideológicas, a fin de penetrar en la psique de los ciudadanos, para luego afianzar empatías, apoyos y legitimidad.

Los equipos de trabajo de un político o gobernante no deben ser tomados como miembros separados o convocados en situaciones especiales, sino como el “ejército” que va a acompañar el ejercicio real de poder. Si los hombres y/o mujeres que acompañen al político o gobernante no saben, no están bien actualizados ni capacitados y mucho menos disciplinados no serán útiles, pues serán un peso muerto que provocará -tarde que temprano- la pérdida de dominio. Las mujeres y hombres de poder deben ser sensibles, no ostentosos, con capacidades y habilidades teórico-prácticas, con firmeza en la operación de estrategias, proactivos, leales y con un bagaje ideológico a la causa del detentador de poder.

Si el equipo humano que custodia a las personas de poder no reúnen las características señaladas se convierte en un riesgo para la integridad del político o gobernante, dejando opinión negativa en la sociedad. Lo peor que puede suceder por no contar con un “ejército propio” es ponerse al alcance de los adversarios como si se tratara de target para traiciones e incumplimientos, creando así una imagen adversa, que restará presencia y capitales políticos.

A manera de conclusión:

Hay que rodearse de personas con probidad, capacidad y eficacia, además de aquellas que poseen conocimientos específicos para concretar planes. Poco a poco -conforme sus capacidades y desempeño- deben integrarse a su primer círculo de estadía, luego de probar lealtades y resultados. Nadie dejaría el cuidado de su casa al vecino que por el solo hecho de ser simpático se quiere ganar confianza incondicional. Hay que ser incluyente, abierto, pero con una fuerte dosis de escepticismo objetivo, para no caer en desventuras. B.H.G. Ω

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