ANÁLISIS POLÍTICO Y SOCIAL, MANEJO DE CRISIS, MARKETING, COMUNICACIÓN Y ALTA DIRECCIÓN

Este es un espacio para conceptualizar, analizar, efectuar crítica y proponer estudios sobre política aplicada, marketing, comunicación, educación, métodos aplicados, alta dirección y proyectos sustentables. Contacto:baltasarhernandezgomez1@hotmail.com, baltasarhg@gmail.com

jueves, 22 de marzo de 2012

PROHIBICIONES POLÍTICAS EN MÉXICO 2012


HAY DE VEDAS A VEDAS
Prohibiciones en las elecciones 2012 en México
Por Baltasar Hernández Gómez.


Hasta hace algunas semanas creía que las vedas eran espacios temporales que prohibían efectuar una actividad determinada. Conocía la veda de moluscos bivalvos; la prohibición de cazar animales en peligro de extinción; el consumo de frutos exóticos, la ingestión de sustancias nocivas para la salud e incluso la abstinencia de ciertas prácticas sociales, como sucedió en el primer semestre del año 2009 debido a la crisis provocada por la influenza AH1N1 en México.

Desde mediados de febrero del año 2012 la veda se extendió al ámbito político. La prohibición electoral consiste en la proscripción de los partidos y candidatos a cargos de elección popular propaguen su posicionamiento. El IFE definió al periodo comprendido del 16 de febrero al 29 de marzo como intercampaña, que se ha traducido en mes y medio de cuasi silencio, o sea, una zona “entreluces” donde únicamente está autorizada la difusión de información relativa a la organización electoral, participación ciudadana y valores democráticos.

Desde esta perspectiva aséptica, propiciada por la ley 2007-2008, los precandidatos, candidatos, partidos políticos y coaliciones tendrían la ocasión para estructurar estrategias de campaña, y por ende, ligar su entramado jurídico, con el objetivo, dicen, de que todos comiencen sus acciones proselitistas en circunstancias similares, privilegiando la igualdad y la equidad en la contienda. Ajá, decía mi padre.

¡Qué merequetengue reglamentario es éste! Las libertades democráticas se ven rebasadas por la veda política aplicada por el Instituto Federal Electoral, cumpliendo con las normas aprobadas por el Poder Legislativo, es decir, por los representantes sociales provenientes de los partidos que hoy señalan como injustas las prohibiciones. Así pues durante la intercampaña los organismos políticos no podrán exponer ante la ciudadanía por sí mismos ni a través de precandidatos y candidatos sus plataformas electorales. Tampoco podrán promoverse para llamar al voto por medio de actos proselitistas. Mutis, pues.

El denominado plazo del silencio prohíbe el acceso a los tiempos del Estado en la radio y la televisión, en virtud que serán utilizados exclusivamente por las autoridades electorales. Asimismo, partidos y candidatos no podrán celebrar debates, quedando protegidas -por la libertad periodística- las tertulias, programas de opinión y mesas de análisis político. En este maremágnum de confusiones e interpretaciones la instancia electoral permite que los medios de comunicación lleven al cabo entrevistas y transmitan noticias sobre partidos políticos, coaliciones, precandidatos y candidatos postulados, con respeto absoluto a la equidad y a las disposiciones sobre la compra o adquisición de tiempo aire en medios electrónicos.

Claro, hay miedo a las multas y pérdidas de registros o concesiones. Por esto mismo partidos y medios de comunicación guardan silencios o disfrazan propagandas a través de infomerciales, que tratan de aparecer como notas de interés general. La veda sólo permite que los partidos realicen propaganda política de carácter genérico en medios impresos siempre y cuando no promuevan candidaturas, expongan plataformas y ofertas políticas ni soliciten el voto a su favor para la jornada del próximo domingo 1 de julio, o bien, incluyan de manera expresa, mensajes alusivos al Proceso Electoral Federal.

Luego entonces el oscurantismo no fue -como han asegurado los historiadores- una fase superada en las postrimerías del siglo XVIII, ya que en pleno tercer milenio perduran métodos inquisidores que callan voces. En lugar de estar promoviendo los debates, las presentaciones de plataformas políticas e idearios, en México se eligió la prohibición legaloide para simular respeto y equidad, dejando a la democracia, o lo que se dice de ella, en la indefensión. Hay de vedas a vedas ¿Vedad?

De cualquier manera de abril a junio 2012, los partidos y candidatos utilizarán técnicas de organización política y marketing para tratar de disuadir con el videns a los electores mexicanos. Con veda o sin ella, la ciudadanía está a expensas de las voluptuosidades que imponga la partidocracia, en aras de conservar el statu quo establecido, para proteger sus intereses. Más allá de las imposiciones del sistema político, el silencio no es la vía para elevar la cultura y los principios democráticos. En el fondo del asunto se busca reproducir modelos autoritarios, que dejan muy poco margen a la horizontalidad civil que es la que puede verdaderamente construir andamiajes para el mejoramiento del entorno y esencia del país.

¿Silencio, justicia electoral, igualdad de oportunidades, respeto a la conciencia nacional? ¡Pamplinas! La propaganda continúa dándose de manera encubierta, ya que entrevistas, imágenes y discursos pueden transmitirse con la salvedad de que los medios afirmen no estar recibiendo dinero y que las noticias sean sustentadas por la “trascendencia periodística”. Los poderes políticos y económicos siguen desarrollando sus aparatos ideológicos para incidir en la psique social, independientemente de los “obstáculos” que se autoimponen como válvula reguladora de legitimación del subsistema electoral que enfrenta niveles de abstencionismo cercanos al 60%.

Asociaciones civiles fantasmas, esposas, amigos, clubes e instituciones de todo tipo han salido a la arena social para hablar sobre x ó y alternativas políticas, cuidando el lenguaje para no meterse en líos con la institución electoral. La veda no es para la clase política mexicana, sino para la ciudadanía, toda vez que en lugar de discutir abiertamente el presente y futuro de nación, hay una trasgresión conceptual y actitudinal que nos sigue sumiendo en la ignorancia y el atraso.

La estrategia del Estado y la clase dominante puede sintetizarse como la validación del pensamiento “todo ciudadano debe ejercer el derecho político como zon politikon por medio del voto, pero sólo en los tiempos marcados por los detentadores del poder”. La cultura política proclamada por las dependencias gubernamentales (brazos ejecutivos del Estado) ha hecho de los ciudadanos emisores de sufragios. El resultado final se aprecia el día de las votaciones, cuando los electores escogen a mujeres y hombres previamente seleccionados por los partidos, creyendo que con ello se hace política y se renueva la utopía del México perfectible.

Los resultados de las encuestas presentadas por la empresa GEA-ISA en la tercera semana de marzo 2012 dan cuenta de que la ciudadanía ha perdido interés en las cuestiones políticas, desdibujando la contienda política, pues quedó demostrado que el porcentaje de ciudadanos que aseguran conocer a los candidatos a puestos de elección popular y sus partidos propulsores disminuyó sensiblemente 10 puntos.
Ante la ignominia que ampara la veda propongo la lucha transversal y cotidiana, a efecto de caminar hacia un estadio de transición verdadera, como por ejemplo: 1) La generación consensuada de iniciativas ciudadanas, presionando para que sean aprobadas por los legisladores; 2) El imperativo constitucional para que servidores públicos, jueces y representantes populares estén sometidos al escrutinio público, a fin de evaluar trayectorias y eficacias; 3) La total transparencia en el uso y utilización de recursos públicos (financieros, materiales, técnicos y humanos; 4) La recomposición de los órganos electorales y judiciales que garanticen justicia e imparcialidad en los procesos políticos, y 5) La supervisión de los roles de los medios de comunicación en el ámbito político y cultural.

Pero más allá de lo anteriormente planteado, lo trascendental es asumir a conciencia un pensamiento y una actuación demócratas. No en asambleas o foros, sino en los círculos más íntimos, es decir, con nuestras amistades, con nuestros familiares, con los compañeros de trabajo y con las personas que convivimos diariamente. Esta es la mejor forma de ejercer la responsabilidad para sabernos y sentirnos entes políticos que piensan, dicen y hacen con el único afán de todos alcancen niveles de vida material y espiritual dignos.B.H.G. baltasarhg@gmail.com

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martes, 21 de abril de 2009

VOTAR O NO VOTAR


¿VOTAR O NO VOTAR?: la disyuntiva política en México 2009.
Por Baltasar Hernández Gómez

En el transcurso del primer decenio del Siglo XXI los ciudadanos de los países democráticos, sobre todo en América Latina, viven el desencanto de procesos electorales que han querido pasar como el pináculo del quehacer social moderno. El paradigma “las sociedades tienen los gobiernos que eligen o merecen” se ha esfumado en la incoherencia de los hechos, ya que los individuos en edad de votar han experimentado -en carne y hueso- actos de corrupción, enriquecimiento ilícito, autoritarismo, monopolización económica y cultural, entre otros elementos, que terminaron por corroer la confianza. Clara estrategia del Estado para inmovilizar y que las cosas continúen en rangos mínimos de votación.

No obstante el elevado presupuesto asignado a las instituciones “ciudadanizadas” encargadas de los procesos electorales en México , para propagar la idea de que la democracia representativa es el único modo de vida societal, la ciudadanía está dándose cuenta que ésta es una falacia y un mecanismo de control. Hay un desenmascaramiento de lo inoperante que resultan los procesos electorales, lo cual se refleja en la crítica abierta hacia funcionarios, partidos, legisladores, gobernantes y todo aquello que tenga un tufo a representatividad. Más aún, la decepción se cristaliza simple y llanamente en abstención, que es -parafraseando términos administrativos en boga- ineficacia para conservar legitimidad.

Este panorama resulta apabullante y bastante característico de un modelo a punto de caer en crisis, lo que se proyecta en las cifras de la elección federal en 2006 para presidente de la República: de la lista nominal de 71.3 millones inscritos en el padrón del Instituto Federal Electoral (I.F.E.) dejaron de votar 29.6 millones, lo que representó una abstención de 41.5%, porcentaje que debe encender los focos de alarma del sistema político mexicano. Esta tendencia de “no participación” ha venido incrementándose, toda vez que en el año 2000, a pesar de la ola levantada contra sexenios de sumisión a lo que denominó Vargas Llosa como “la dictadura imperfecta en México”, que fue capitalizada en la campaña de Vicente Fox Quesada, el Abstencionismo se situó en 36%. Hay casos más graves de abstencionismo, como los que ocurren en entidades federativas como Chiapas y Guerrero, donde los rangos van del 51hasta el 59%. ¿Dónde está la validación democrática y dónde se encuentra la legitimidad de la política?

Cuando se trata de explicar esta propensión sale a la superficie el dedo flamígero de la culpabilidad: desde la opinión que todo se debe a la permanencia por más de 70 años del P.R.I. como partido hegemónico, los estragos del corporativismo, cuotas de poder, corrupción, pobreza, nepotismo, hasta el estilo personal de Fox y compañía. En este ir y venir de culpas, las expiaciones analíticas tratan de encontrar justificaciones a lo injustificable, pues la abstención no tiene su punto de partida en los efectos, sino en su origen: la esencia misma del subsistema electoral que trata de legitimar -a toda costa- al Estado mexicano, en concordancia con los patrones globalizados y por encima de las clases sociales.

No son los ciudadanos los que han originado la abstención, sino el subsistema electoral que a lo largo de años de impericia casi extingue las expectativas sociales para conformar una dinámica democrática participativa y un desarrollo armónico. Desde antes, durante y después de las jornadas electorales, los sujetos sociales son bombardeados con mensajes propagandísticos de que si no participan están haciendo un mal a la nación y luego entonces no es permitido quejarse de los resultados. Es más o menos como decir “No hay más salida que votar por las opciones que se presentan, a fin de que se siga teniendo una sociedad democrática al estilo que han vivido los padres de tus padres y que debe perpetuarse –por supuesto con algunos cambios- para las futuras generaciones”

A mi juicio el abstencionismo es resultado de factores múltiples, que no son atribuibles a la ciudadanía solamente, sino al esquema partidista que pone a la lucha política en el campo de la concertación, de la cuota administrativa en los tres niveles de gobiernos, de la aprobación de iniciativas legislativas que favorecen intereses económicos y de la enorme brecha entre gobernantes y gobernados. La abstención es corolario de una decisión contestataria por parte de los ciudadanos contra la desatención de sus necesidades. Cada vez más la sociedad cree menos en candidatos, partidos y las instituciones gubernamentales. No es fortuito que en los sondeos de los principales medios de comunicación y agencias especializadas, los mexicanos otorguen calificaciones reprobatorias o demasiado bajas a organismos que, en el pasado reciente, contaban con altísimos rangos de confianza, tal es el caso del I.F.E. y las Fuerzas Armadas.

La práctica abstencionista ha sido metamorfoseada por el Estado mexicano y su clase dominante como el enemigo a vencer, el monstruo que roba la voluntad de millones de ciudadanos. Como ya mencioné, hay un ataque al resultado obtenido por este modelo político de legitimación, pues las contradicciones sociales han descubierto infinidad de mentiras democratizantes, que luego fueron reconvertidas en procedimientos verticales para la elección de representantes . Contra el abstencionismo se enfilan las baterías de combate de los organismos estatales, sin tocar el fondo del asunto, que es: construir una verdadera democracia en la escuela, el trabajo, la familia y en los demás ámbitos de la actividad humana.

En medio de contiendas repletas de slogans, música, colores, palabras e imágenes relampagueantes, los ciudadanos alcanzan a divisar lo superficial de los partidos y sus candidatos. Se trata de tenerlos limitados a apreciar lo dado, como catarsis sin posibilidad de acción. El ciudadano convertido en homo videns está circundado a ver, oír, callar y a votar el día que le indica el organismo electoral. En esta dinámica se trata de moldear una nueva nacionalidad: mexicanos al grito de guerra, obedientes de los dictados del patriotismo globalizador.

Obviamente, la latente insatisfacción se vuelve abstención, debido a que existe una sensación de estafa, porque la ciudadanía ha sido víctima de un sinfín de “tomaduras de pelo” por tanto incumplimiento y programas sociales y promesas inconclusas de partidos y gobernantes. Para cientos de miles de personas los partidos, candidatos, legisladores y funcionarios ya no son los virtuosos servidores de la nación, sino hombres y mujeres que persiguen la reelección disfrazada, la perpetuidad para conservar sus cotos de poder, descubriéndolos como infames acaparadores de la voluntad social.

El precio que tiene que pagar el Estado y su régimen es elevado, dejando visible la insolvencia para operar una estructura democrática que satisfaga los intereses de la colectividad y que aliente la actuación de los ciudadanos. Por el contrario, la abstención y la no canalización de demandas sociales representan un peligro para la continuidad de los intereses económicos y políticos de la clase dominante, y esta apreciación es ya un reclamo del sector empresarial local y externo hacia las instituciones que resguardan el establishment. Durante el sexenio foxista y en los casi 3 años del mandato de Felipe Calderón Hinojosa la transición no se ha materializado por ningún lado. Sólo se aprecian cambios dérmicos, pero no de contenido, lo que hace suponer más de lo mismo con diferentes formatos comunicacionales.

Los tres partidos grandes (PAN, PRI y PRD) aunque están preocupados por el abstencionismo, dejan las facturas políticas al Estado y los gobiernos en turno, pues mientras haya una minúscula legitimidad tendrán garantizada su permanencia. A ellos no les interesa convencer a la sociedad, pues si lo quisieran, estarían padeciendo un efecto negativo: crecimiento de desprestigio, carencia de sustento físico y la falta de operatividad para responder a las inquietudes, quejas y propuestas de sus simpatizantes y militantes. Optan por cargar con el estigma de ser participantes en un subsistema electoral catalogado como ineficiente, pero que tratan de justificar como perfectible (¿¿??) y así seguir dosificando las cuotas de poder que les aumente capitales y posicionamiento.

Es desastroso que se haya perdido la capacidad de asombro y contemplar como algo “natural” o no demasiado malo, que las cúpulas partidistas sean las concentradoras de los pocos espacios sociales sin copar por la estructura estatal, para hacer una política diferente. ¿Hemos analizado a fondo las incoherencias políticas que rayan en la comedia? Para muestra unos botones: unas veces el PRI se alía con el PT y otras no, para luego adherir al Partido Verde en sus alianzas electorales municipales, estatales y nacionales. El PRD se alía con Convergencia y en otras con PT. Algunas veces se sienten independientes y seguros para luchar por el voto, pero otras requieren de ayuda.

Pareciera que día a día y en forma acumulada, los ciudadanos contemplan un híbrido mitad teatro, mitad ring de lucha libre, donde los protagonistas cambian -a diestra y siniestra- sus roles y máscaras. Unas veces son héroes, otras villanos. En unas apariciones son rudos y en otras técnicos. Durante acaloradas sesiones legislativas son defensores de la soberanía y en otras otorgan su consentimiento para la desregulación energética y la entrada sin cortapisas del TLC y las decenas de reformas para el acoplamiento de nuestra economía periférica y subdesarrollada a los requerimientos neoliberales. Muchos atacan ferozmente la legalidad de las votaciones federales, pero no dejan la curul de diputado o senador.

Mientras tanto, la llamada “chiquillería”, es decir, los partidos pequeños, funcionan como satélites o pesos adicionales en la balanza política, cuando así lo requiere uno de los partidos grandes, o bien, el gobierno en funciones. Unos van y otros se exterminan, tratando siempre de presentar un espectáculo alegórico en el carnaval donde lo importante es derrochar los recursos aprobados para las elecciones.

Si el estado actual de cosas permaneciera igual para las elecciones de julio 2009 y posteriores, el subsistema electoral empezaría a sufrir de colapsos en diferentes partes de su andamiaje, dando pie a una serie de prospecciones políticas donde podría prevalecer el autoritarismo (político-partidista, legal, formativo y hasta de fuerza). A continuación incluyo los escenarios que a mi consideración pueden darse:

Seguir votando.- Las elecciones seguirían siendo el crisol de los ciudadanos crédulos de que su voto es sinónimo de bienaventuranza política, captando un porcentaje suficiente para sostener la legitimidad requerida por el modelo democrático representativo. Los votantes son remasterizados como los afianzadores del status quo y de los planes del Estado y sus intereses de clase, para determinar una República acorde con las exigencias domésticas, regionales y globales.

Seguir votando no destierra lo “malo”, sólo reacomoda errores para devolverlos al circuito de preservación del sistema como nuevas versiones de autorregulación. En otras palabras: los mismos destinatarios reajustan y dan fuerza a la legitimación que persigue el proceso electoral, repitiendo en espiral el atributo de representación-suplantación que postulan las instituciones del Estado y los partidos políticos.

La permanencia del voto avala la estructura de dominación y se eterniza la partidocracia. Para los hacedores de poder es mejor seguir sosteniendo un subsistema electoral que tenga el 50% más uno de sufragios ciudadanos, que enfrentar movimientos organizados que desconozcan y rebasen a los procesos institucionales.

No votar.- La no participación refleja -por lo menos- un grado de concientización política, porque abstenerse de depositar el voto implica un procesamiento cognitivo de alternativas. Si un gran número de ciudadanos decidieran no votar estarían indudablemente poniendo en jaque al subsistema electoral.

Sin embargo hay de abstenciones a abstenciones: a) Cuando un ciudadano no vota por convicción, implica la premeditación de no asistir a las urnas, lo cual involucra un debate previo con otros ciudadanos (familia, amigos, compañeros de trabajo, etc.) para explicar su decisión, lo cual produciría o ser segregado, o bien, seguido; b) Cuando un individuo se abstiene de votar por negligencia o por estar inseguro del proceso, no constituye sólo eso, sino que el Estado, su aparato gubernamental y otras organizaciones civiles afines se vieron imposibilitadas para convencerlo; c) Cuando hay abstención derivada por experiencias negativas producidas por los organizadores, se descubre la inoperancia en ejecutar la difusión, capacitación, la operación de los recursos materiales, técnicos, financieros y humanos, conteo de sufragios, captura y comunicación del proceso, y d) Cuando no se vota por el desencanto o defraudación de la oferta política de los partidos o por el pésimo desempeño en la administración pública o actividad legislativa de sus anteriores representantes.

Abrir otros cauces de participación.- Los ciudadanos evidentemente optan por la abstención consciente. No votan porque tienen la seguridad que el subsistema electoral no es la opción para llegar a un estadio democrático y entonces prefieren rescatar o construir vías de participación horizontal, que no solamente sean contestatarias o demandantes, sino que prohíjen nuevas formas de actuación y lucha para conseguir lo que les ha sido negado.

Esto supone lo siguiente: 1) Crecimiento de organismos civiles que pongan en movimiento pensamientos y acciones para exigir directamente a políticos, partidos e instituciones gubernamentales; 2) La puesta en marcha de un nuevo tipo de proceso electoral, más directo, que atraiga la atención y el interés participativo de las masas ciudadanas, a través de normas claras y precisas en formatos, tales como asamblea, foros, votación directa o abierta, etc. 3) Reaparición de grupos clandestinos que siempre han sostenido que las armas son el único medio de quitarle el poder al Estado, y 4) La puesta en escena de controles coercitivos, dando lugar a procedimientos autoritarios puestos en marcha por sectores reaccionarios, o bien, provenientes de las fuerzas armadas, policías e incluso del exterior. B.H.G.

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