ANÁLISIS POLÍTICO Y SOCIAL, MANEJO DE CRISIS, MARKETING, COMUNICACIÓN Y ALTA DIRECCIÓN

Este es un espacio para conceptualizar, analizar, efectuar crítica y proponer estudios sobre política aplicada, marketing, comunicación, educación, métodos aplicados, alta dirección y proyectos sustentables. Contacto:baltasarhernandezgomez1@hotmail.com, baltasarhg@gmail.com

domingo, 21 de noviembre de 2010


ELECCIONES EN GUERRERO 2010
SIMBOLOGÍA Y NUMEROLOGÍA PARA LA ENAJENACIÓN SOCIAL
Por Baltasar Hernández Gómez


Desde el domingo 8 de noviembre el panorama político/electoral Guerrero se tiñó de matices mercadológicos para impregnar al subconsciente colectivo de imágenes macroscópicas y numerología. El objetivo es que los contendientes estén arropados con mensajes surrealistas, para forzar el brote de votos irracionales y así predomine la supresión de sensatez. Masas en movimiento, arengas carentes de verdad y plazas públicas transformadas en sambódromos por la maquinaria del marketing, forman parte del escenario que los guerrerenses vivirán hasta enero de 2011. Los medios de comunicación transmiten notas y fotografías pagadas por los equipos propagandísticos de los candidatos a la gubernatura, dejando ver multitudes pletóricas en torno a quien consideran su mejor opción. Sin embargo, la iconografía y las cifras de asistentes son datos fácilmente manipulables, que no constituyen un termómetro fidedigno del sentir social. Por donde se transite los cuadrantes citadinos están colmados de propaganda que se inserta a forciori en las pupilas de la ciudadanía.

¿Qué hay detrás de los contingentes que participan en mítines? La logística para movilizar mujeres y hombres de las siete regiones de Guerrero y de otras entidades que, por emoción, compromiso o acarreo, son puestos como piezas de utilería en actos planificados por la partidocracia. Todo aparece como torrente de virtudes, música, pléyades gubernamentales y artísticas, matracas, vuvuzelas, confeti, camisetas, gorras, refrigerios, discursos maratónicos y promesas que, por sus alcances, se vislumbran como imposibles de poner en marcha en el corto o mediano plazo. Los flashes que generan las concentraciones ocultan el manejo exorbitante de sumas de dinero, oscuros pactos entre protagonistas de la trama electoral y el abuso de instrumentos subliminales. Detrás de caras alegres, de apapachos paternalistas y de bailes forzados entre candidatos y mujeres surgidas “espontáneamente” hay un fajo de perversiones que confirman el postulado que hizo Dante Alighieri en su obra La divina comedia: “el camino al infierno está plagado de buenas intenciones”.

Los mítines no son reuniones para proponer proyectos sustentables, sino núcleos amorfos para contabilizar presencia volátil de gente que supuestamente simpatiza con uno u otro bando político. Otra vez, los sujetos de carne y hueso resultan insustanciales porque la importancia de su exposición radica en el bulto que generan al momento de tomar videogramas. La sobresaturación de elementos audiovisuales repele pensamientos críticos o meditados sobre lo que ocurre en la realidad inmediata, pues los rostros visiblemente maquillados, los tonos de voz, frases llamativas, colores de vestimentas y trazos intentan que los ciudadanos se olviden de la verdad, con el objetivo de imponer la falsa idea de participación democrática, la cual es traducida en la terrible levedad de depositar boletas en las urnas y punto. Como esto ha funcionado con sus altas y bajas, las instituciones del Estado siguen enarbolando que democracia a la mexicana es igual a la acción calendarizada un domingo cada tres o seis años.

Al igual que la mayoría de la gente, quisiera que en lugar de panfletos arrojados en las calles, anuncios en bardas y espectaculares, spots en radio, televisión e internet, altavoces con música estridente, banderolas multicolores, consumibles para casas y oficinas, así como discursos con ofrecimientos de bienestar al por mayor, hubiera por lo menos cinco propuestas firmes para elevar la calidad de vida de jóvenes y adultos que -desde hace tres años- no encuentran ninguna posibilidad de trabajo, seguridad social, alimento, vivienda y servicios públicos. Por el contrario, continuamos asistiendo al banquete prefabricado del Estado mexicano donde se insiste en dotar a los ciudadanos de un mar de fantasías renovables cada proceso electoral, con la finalidad de paralizar acciones societales independientes, que estén alejadas de aristas gubernamentales o partidistas, que ciertamente surjan al seno de los hogares, calles, colonias, escuelas y fuentes de trabajo. La meta de la clase dominante no es que haya más y mejor democracia, sino una muchedumbre que actúe, sí sólo sí, es convocada para sufragar por las opciones que los partidos seleccionan de manera anticipada.

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Hasta ahora las campañas de los 3 candidatos a la gubernatura del estado de Guerrero, México [Manuel Añorve Baños por el PRI, PVEM y Nueva Alianza; Ángel Aguirre Rivero por PRD, PT y Convergencia y Marcos Efrén Parra por el PAN] se proponen intervenir la psique social argumentando emotividad sin freno. El 85% del marketing político está basado en:

A. La alusión a la persona y a los símbolos identificativos de los partidos, es decir, la inserción de los ciudadanos en la dinámica de sentirse cercanos con la parte humana de los candidatos. Los spots y carteles identifican la nomenclatura, biografía resumida, realizaciones del pasado y hasta la alternativa de nombrar a los candidatos por su nombre o apellido paterno. Frases cortas acompañadas de sonidos incitadores, que orillan a tomar posturas a favor o en contra.

B. La invocación a la lealtad de los ciudadanos a los partidos, o sea, la recurrencia a la fidelidad gremial -por tradición, compromiso o identificación- y a los iconos políticos para evitar cualquier tipo de fijación en las contradicciones ideológicas o actividades mal realizadas por los organismos políticos. La idea que se anhela fijar es que las instituciones no fallan, sino que los yerros han sido consecuencia de hombres y mujeres que no estuvieron a la altura de las circunstancias.

C. La re-creación de la esperanza de “que ahora sí habrá cumplimiento de promesas”, promoviendo actos de fe para asumir que sólo por medio de las votaciones pueden alcanzarse mejores estadios de vida. Para los hacedores de campaña es indispensable encuadrar en fase de olvido las inexperiencias e ineficacias de los candidatos, aliados y partidos políticos: “El hoy importa porque el pasado ya no existe. El presente es futuro y éste no importa ahora porque ya tocará vivirlo a posteriori”.

Las ofertas son muchas y muy vagas, ya que prometer créditos, calles pavimentadas, útiles, uniformes y becas escolares, agua, seguridad, es lo mismo que firmar papeles ante notario sin ningún viso de calidad moral. El plural de las palabras significa más de una cosa, por lo que hacer dos o un poco más de esta cifra es cumplimiento. Así de irreales son las promesas, pues al cumplir con dos avenidas bacheadas, tres colonias con tubería para agua potable, 200 becas ó 500 juegos de uniformes escolares se estaría constatando la presumible palabra empeñada. ¿Y los demás qué?

D. La promoción de slogans simples y sin cargas de responsabilidad, que vayan ataviados de componentes llamativos para que la población no vea los verdaderos trasfondos políticos de los protagonistas. La idea central es que el proceso electoral sea un coliseo de ofertas casi idénticas, moldeadas con diferente palabrería y simbolismo. La falsa creencia de que las campañas se ganan solamente con dinero y la fuerza de la repetición ha dado como resultado pérdidas a partidos que pensaban tener en la mano triunfos irrefutables, pues en el fondo del asunto, la masa adquiere forma en cada sujeto social y a la hora de votar hay cambios de parecer.

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En lo real-concreto, o sea, en lo particular de lo que coexiste en las localidades, lanzo nuevamente el exhorto para hacer un alto y no dejarse seducir por la propaganda de Manuel Añorve Baños, quien está siendo presentado como hombre renovador, pero montado en lemas y prácticas populistoides y autoritarias del PRI. Es preciso detener su perverso anhelo de escalar a la gubernatura, debido a que la presidencia de Acapulco -que obtuvo hace menos de dos años- le quedó corta. Basta ya de escuchar “Tiempos mejores” que nunca llegaron durante su fallida estadía en el palacio municipal. Basta ya de elevar al poder a la camarilla de políticos que lo acompaña y que se han enriquecido inexplicablemente en puestos administrativos y curules legislativas, mediante la continuidad del clientelismo, corrupción y discrecionalidad.

La deplorable situación que se vive en Acapulco no es invento mío, pues sólo hay que remitirse a la postal concreta de lo que percibimos y sentimos: baches, cloacas destapadas, desabasto de agua potable, contaminación peligrosa en arroyos que desembocan al mar, balas, niños de la calle, ancianos olvidados, desempleo, pobreza, baja en la captación turística, corrupción galopante en todas las oficinas municipales, etc. Que quede claro: no lo digo yo, sino cientos de miles de coterráneos que no tienen la oportunidad de escribir o hablar públicamente, pero que sufren en carne viva los avatares de un municipio en quiebra moral y material.

Posdatario:

1.- Ante el clima de violencia en el estado y la República, en Acapulco se dieron de alta 47 agentes policiacos y de tránsito que, sin mediar preparación, experiencia o estudios, pero eso sí pagando 23 mil pesos, fueron asignados a esquinas, motocicletas y patrullas. De este tamaño es el desorden para dizque hacer frente a la inseguridad pública.

2.- Resulta imposible que las autoridades heredadas por Añorve Baños traten de ocultar que la tesorería de Acapulco está en bancarrota (con una deuda mayor a 700 millones de pesos, lo cual representa el 58% del presupuesto 2010). Ante esta situación surgen dos cuestionamientos: ¿De las partidas que tiene destinado el IEEG otorgar al PRI y sus aliados saldrá la devolución para que se concluyan obras y pagar a proveedores que tienen más de seis meses sin recibir reembolsos por bienes y servicios, o bien, otorgar a tiempo sueldos y aguinaldos a funcionarios y trabajadores del Ayuntamiento? ¿El salvamento provendrá de los bolsillos de sus promotores (exgobernadores, diputados, senadores, empresarios o CEN del PRI)? Cabe remarcar que de las arcas públicas salieron cientos de millones de pesos para la promoción de Manuel Añorve de enero de 2009 hasta la fecha sin que haya habido “v” de vuelta.

Como decía el personaje “El Chapulín Colorado”, creado por el cómico mexicano Roberto Gómez Bolaños… ¿Y ahora quién podrá defenderlo?, pero por encima de esto… ¿Quién podrá salvarnos? B.H.G. Ω

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domingo, 7 de junio de 2009

ICONOGRAFÍA POLÍTICA EN MÉXICO: EL OBJETIVO ES DOMINAR.


SÍMBOLOS POLÍTICO-RELIGIOSOS EN MÉXICO
Por Baltasar Hernández Gómez


Ayer

Hablar de la iconografía política y religiosa es remontarse a la primigenia del Hombre, ya que las representaciones que se han hecho de la realidad están mezcladas con el sentido divino y lo que los sujetos sociales no entienden. En la estatuaria (*) subyace el deseo de extender cultos hacia algo o alguien, tratando de abarcar la sujeción espiritual de grandes núcleos sociales. Las figuras representadas pretenden ser una aproximación a las virtudes y facultades de los seres extraterrenales poderosos, para que, a través del contacto directo, protejan a sus portadores.

Una de las funciones de la escultura (figurillas, estatuas o monumentos) es crear simulacros de lo divino-infinito. Las efigies religiosas y políticas tienen una influencia que va más allá de la apariencia ideal, pues recrean comunicación, juicios valorativos y sumisión en el ámbito de lo material. Así entonces, las estatuillas son simbología pura, que acaban por confundirse con los poderes que escenifican. El icono se presenta como ser sobrenatural y líder con poder. Las imágenes políticas enseñaron las supremas cualidades de faraones, césares y reyes, para recordar el poder que ejercen en lo general, pero al mismo tiempo a nivel personal e íntimo en la existencia cotidiana.

Ambas representaciones -político/religioso- llevan de la mano a las mujeres y hombres a un sitio de dominación, sea éste espiritual o social. Por tanto, los significados visuales y táctiles fueron concebidos (y lo siguen siendo) herramientas de culto, que desbancaron los ritos primitivos de adorar al sol, la luna, el rayo, la tierra o el agua (1). El arte estatuario sirvió a sacerdotes y gobernantes a desviar la apropiación directa de las divinidades, haciéndolas objetos palpables y móviles para ser adoradas como representaciones oficiales de quienes ordenan fabricarlas, comerciarlas y poseerlas.

Con el paso del tiempo, las estatuillas simples fueron convertidas en esculturas, pinturas y oraciones, a fin de que fueran objetos para la mediación entre lo divino y lo terrenal. El arte figurativo encarnó a las fuerzas de lo desconocido, de la naturaleza (animales, plantas y los cuatro elementos) y las capacidades de “los más fuertes”. Con las transformaciones sociales, económicas y políticas de las sociedades organizadas, la iconografía fue enfocada a la abstracción de las divinidades: el fuego, relámpago, lluvia y viento pasaron a adquirir forma humana. El dios o la diosa eran símbolos más cercanos al género humano. El argumento fue: mejor tenerlos identificados a imagen y semejanza del hombre, que perderse en miles de representaciones que podían dificultar el control de las instituciones religiosas.

Para efectos de este trabajo me centraré en la estatuaria católica, no porque la egipcia, griega, romana, hebrea, islámica, china o mesopotámica no tengan valor universal, sino porque es el cristianismo -transmutado en poder de Estado- quien ha permeado a la cultura occidental. Todo comenzó con el pan y el vino; luego fue la cruz, los utensilios litúrgicos, para finalmente pasar a la devoción de iconos presumiblemente sagrados (espinas de la corona de Cristo, la copa de la última cena, los clavos de crucifixión, el manto que envolvió el cuerpo de Jesús, etc.).

Todo lo que había pertenecido al hombre-dios fundador de la cristiandad debía ser resguardado y adorado por los creyentes. No obstante lo redituable y efectivo que fue exhibir dichos objetos de culto, los implementos divinos se agotaron y la jerarquía católica tuvo que apoyarse en representaciones pictóricas y en estatuillas, para recordar a los fieles su cercanía con Dios. Aquí surgieron las iconografías más conocidas: dios sangrando en la cruz, la virgen María cubriendo las heridas de su hijo, el pesebre que albergó el nacimiento del niño Jesús: todas ellas escenas remasterizadas de los primeros símbolos de adoración.

Posteriormente el catolicismo quiso ser portátil, es decir, que sus símbolos divinos no sólo pudieran ser observados y adorados en las iglesias, monasterios o catedrales, sino que se pudieran llevarse en los bolsillos o ponerse en las casas, con el propósito de mantener fija la sumisión a los designios celestiales y a quienes se asignaron la franquicia en la Tierra.

Llegado el momento el Padre, Hijo, Espíritu Santo, María y José ya no fueron suficientes para reproducir el poderío de fe católica, por lo que empezaron a alzarse figuras humanas que, después de su muerte y por acciones de heroísmo, ayuda o entrega en sus localidades, fueron convertidos en santos (título religioso que es una especie de nombramiento celestial para interceder por los hombres). Santas y santos aparecieron a lo largo del Medioevo, dejando patente la fidelidad y entrega de los católicos que, con la venia del Papa, ahora estaban en el círculo cercano de la divina trinidad, s.a. de c.v.

El hoy de hace algunos cuantos años

En lo que respecta a las representaciones del poder político, los gobernantes fueron inmortalizados en monedas, estatuas públicas, sellos, cargos burocráticos, edictos, ordenanzas, panfletos y billetes en su zona de dominación, para dejar muy claro su rol hegemónico en la vida colectiva. Los iconos religiosos pasaron a metamorfosearse en poderes terrenales, pues ahora podían portarse en el cuello, apreciarse en lo subliminal de las imágenes de circulación masiva y hasta en pequeños artefactos mp3 para escuchar el rosario, mañana, tarde y noche.

Cansados de adorar las figuras moldeadas o pintadas de los santos tradicionales, el vulgo ha inventado una simbología más acorde con sus realidades regionales, sin obviar el sincretismo con otras deidades. En México, por ejemplo, la santa muerte tiene un culto bastante extendido, que aún cuando no es avalado por la cúpula católica, adhiere simpatías. Esta figura de esqueleto con túnica y guadaña instiga a sus fieles a pensar que la vida no vale nada, que es más importante vivir el momento, que añorar eternidades.

Es un símbolo revelador de que la religión se ha equivocado al preservar la idea de que la felicidad e inmortalidad se encuentran en “la otra vida”, pero no en el aquí y ahora. La “niña blanca” -como también se le conoce- es baluarte de los comerciantes ambulantes, mafiosos y hombres intrépidos. En este nuevo panteón aparece la estatuilla no reconocida de San Malverde, oriundo del estado mexicano de Sinaloa, como protector de narcotraficantes, causas difíciles y más.

En la vertiente ortodoxa, siguen imperando los santos que auxilian a encontrar amor, trabajo, felicidad, así como otros que son protectores de gremios, tales como: transportistas, sordos, músicos y políticos, etc. Hay otros santos, que no son propiamente eso, pero que tienen funciones específicas en el terreno de la política: el político/gobernante que, con los poderes concedidos por el sufragio popular, la investidura de su encargo público y las leyes, asume omnipotencia. En las sociedades del siglo XXI, aunque parezca cómico, los ciudadanos viven con la esperanza renovada de encontrar al líder, al partido, que concentre las mejores facultades del mesías salvador de todos los males que aquejan al planeta.

Hace apenas 63 años que la representación del “santo” político engarzado en apariencia de general-caudillo fue cambiada por la de presidente civil, político, administrativo, preparado, educado y mesurado. A estos atributos -geniales para crear el mito de omnipresencia- se sumaron las capacidades metaconstitucionales que lo ponían como superhombre que todo sabía, hacía y remediaba.

Desde el mandato de Miguel Alemán Valdés hasta Carlos Salinas de Gortari los presidentes de México eran glorificados, respetados, reverenciados e idolatrados casi faraónicamente. Las fotografías del Ejecutivo en turno estaban en escuelas, oficinas públicas, periódicos, revistas, medios electrónicos y casas, como recordatorio que había un dios político vivo para resolver los problemas coyunturales del sexenio.

La investidura presidencial trajo consigo la potestad de expropiar, solucionar problemas legales y administrativos, regalar terrenos, casas, títulos profesionales, becas, dinero en efectivo, salvar vidas, o bien, eliminarlas si eran problemas para la conservación del poder. En cada sexenio había una readecuación del santo patrono de las causas nacionales. Este culto a la personalidad vino a maximizarse con los medios masivos de comunicación, quienes influyeron en potenciar la presencia del presidencialismo en todas y cada una de las actividades sociales.

El dios-presidente y su séquito de santos, divididos en áreas de atención (educación, economía, defensa nacional, desarrollo social, etc.) fueron introducidos en el imaginario colectivo como iconos de poder: presentaciones, discursos, informes de gobierno, giras de trabajo, inauguraciones de obras, viajes al extranjero y contacto con el público. La figura del presidente todo poderoso, apoyado en la “biblia” constitucional arrancaba la admiración y el temor de propios y extraños, compitiendo con las alegorías católicas, que estaban confinadas al plano personal y enclaustradas en iglesias o capillas familiares. El presidente en turno reunía la fascinación de millones de mexicanos que, una vez cumplidas sus labores espirituales los domingos, podían sentir el poder terrenal del hombre y su equipo, al que habían convertido en dios-mortal por causa del voto.

La catequesis política se repetía a toda hora por intervención de la televisión, periódicos, radio, anuncios espectaculares y libros de texto y con ello se adoctrinó. Con esta política los mexicanos de todas las edades acabaron por aceptar que con el presidente todo y sin él nada. La democracia se erigió en el imperio de los nuevos “césares” a la que sólo se podía acceder por medio del partido Gobernante. Asimismo, este culto inculcó la reverencia ciudadana, que fue traducida en obediencia, inmovilismo y carencia de protesta. La idea central fue moldear a mexicanas y mexicanos sin crítica, pero sobre todo sin habilidades para confrontar las raíces del poder antidemocrático.

Sólo bastaba con observar la fotografía oficial del presidente, orar para que hubiera condescendencia y esperar cambios “a la buena de dios”. El sistema político y su esfera electoral retomaron la obligación de ir a misa (en vez de ir los domingos, días de festividad o cuando el problema era muy grave, ahora acudían cada 3 ó 6 años a sufragar, en una especie de compensación de culpas o pedimentos materiales) para ver si la Revolución, a través de los candidatos ganadores, terminaba por concretar atención y sometimiento.

Mexicanos en los rangos de edad de 40 a 70 años crecieron bajo la tutela del santo patrono presidencial, llevando en la mente y en forma de figurillas, la fotografía, el material de campaña y la voz del Ejecutivo; pero también el logotipo del PRI y la idea de que el país era la tierra prometida a la que todavía no se accedía. Algunos cuantos, en comparación con las masas, llevaban a escondidas otras figurillas de líderes y partidos.

Presente y futuro

Después de la alternancia del año 2000, disfrazada de transición y cambio, la estatuaria política tuvo algunas modificaciones, pues la idolatría del presidente fue profundamente reformada en “tuteo”: Vicente Fox Quesada, quien ocupó la presidencia de la República en el periodo 2000-2006, quiso bajar su investidura a la colectividad. Se perdieron los monumentales discursos, las palabras rimbombantes, la visión del líder que todo lo podía. Obligado (sobre todo motu proprio por su impericia como político y estadista) a desterrar lo que se percibiera como pasado priísta, Fox puso al alcance de los ciudadanos organizados y no; de periodistas y comunicadores; de empresarios y opositores, la figura presidencial.

El otrora símbolo de intocabilidad se volvió extremadamente humano. Sus aciertos eran minimizados a cada instante y sus errores expuestos en grado superlativo. Vicente, “Chente” como le gustaba que le nombrara la vox populi, hizo que los ciudadanos no reconocieran como imágenes de respeto su rostro y actos, mucho menos la de sus allegados, familiares y partido. Mi objetivo es describir lo que ha ocurrido, nunca añorar la vuelta de prácticas adulatorias a la presidencia o al sistema político. Haciendo esta oportuna aclaración, comentaré que Vicente Fox destruyó el legado que apuntalaba la estructura de poder en México y el sistema sufrió las consecuencias: un elemento visible es que nadie imaginaba que en menos de 9 años, el PRI recuperara importantísimos territorios de influencia política en entidades federativas, municipios y escaños legislativos. Pero lo más grave es que jamás se materializó la transición tan añorada.

El PRI ha reformateado, entre otras cosas, la simbología político-religiosa, que ahora es investida de poderes mercadológicos. Los mensajes, candidatos y gobernantes provenientes de sus filas tricolores se están posicionando como los nuevos santos que pueden interceder ante la ineficacia de gobiernos panistas y perredistas. Estos últimos lograron situar a uno (Andrés Manuel López Obrador) en la querencia de millones de mexicanos, pero debido a peleas intestinas, falta de unidad y proyectos sustentables él y su partido tiraron al vacío el bordado fino para permanecer como opción principal en el concierto electoral.

El PAN, una vez que llegó a la conclusión de que si seguía repitiendo la imagen de un presidente al estilo de Fox Quesada no cosecharía nada bueno, finalmente dio apoyo a Felipe Calderón Hinojosa para transmitir mesura, equilibrio y firmeza, pero alejado de cualquier tipo de ocurrencias al estilo del “Ejecutivo vaquero”. Hay que recordar que cuando tomó posesión el presidente Calderón (en medio de una fuerte pugna partidista en el Congreso, donde incluso hubo golpes e insultos, delante de mandatarios, príncipes y los ojos del mundo), hizo alarde de sobriedad absoluta. Su primera acción fue conformar una causa que estuviera apoyada por correligionarios y ciudadanía en general: la lucha frontal (por lo menos mediática) contra el narcotráfico, tópico que se volvió la prioridad número uno en México.

La representación de Felipe Calderón es la de un presidente, enfundado en gafas, banda presidencial, fuerza de los aparatos represivos y empuje del marketing en los medios de comunicación que, acompañado de la “primera dama”, está sorteando la mar de disfuncionalidades internas y externas. Sus causas político-religiosas no son sólo simbólicas, pues literalmente está empleando lenguaje litúrgico y versos bíblicos para publicitar sus obras, honrar a sus amigos fallecidos y atacar a los enemigos. Su presencia de hombre ecuánime, el logotipo blanquiazul, la pléyade de artistas, intelectuales, comunicadores y deportistas que se han sumado a su causa, llenan las pupilas y oídos de millones de mexicanos.

Su religión politizada se concentra en atacar al narcotráfico, a la delincuencia común, a la corrupción y mal manejo de la política, a vanagloriar los buenos resultados de su gobierno y cómo salir lo mejor librado de la crisis económica globalizada. Los creyentes de Calderón Hinojosa (300 mil menos que su más cercano competidor López Obrador, en las elecciones de 2006) todavía creen en él, aunque hay señales de dudas con respecto a su efectividad. Se debe tener presente que los estragos de la crisis están consumiendo la economía de cientos de miles de familias y, hasta la epidemia de influenza tipo A es vista como distractor, que para muchos teóricos de la conspiración resulta similar al fenómeno “chupacabras” o el fenómeno ovni.

A punto de que se realicen las elecciones del 5 de julio de 2009 y a 3 años de 2012, se están preparando un buen número de santos y santas para que millones de votantes inscritos en el padrón del I.F.E se encomienden. Los mass media son los púlpitos donde las diferentes “religiones políticas” se darán a la tarea de convencer a la feligresía de los dones de cada uno de sus iconos. Así veremos a San PANfilo, Santa PRIstina y San Perredestroiko quererse apoderar de las cuotas electorales suficientes para sus templos de poder.

En este universo político-religioso se aparecerán querubines como: san Enrique, san Andrés, santa Beatriz, san Manlio, santa Elba y san Jesús, apoyados por una sarta de ángeles protectores: san Germán, san Chente y san Cuauhtémoc, así como docenas de almas caritativas en tránsito de llegar al cielo o al purgatorio. Muchos ciudadanos elevarán sus plegarias para conseguir que San Teletón, San Melate, San Kilo de Ayuda, San Monte de Piedad y San Oportunidades, les otorguen alguno que otro paliativo, para sobrevivir ante la crisis. Los slogans serán extractos del evangelio doctrinal de candidatos y partidos, para determinar diferencias de credos y lograr captar el mayor número de sufragios efectivos para llegar a los reinos del Ejecutivo y Legislativo. Amén. B.H.G.
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(*) Está referida a las obras artísticas hechas con algún material duro (arcilla, mármol, hierro, madera, etc.) para proyectar un elemento estético humano, natural o de orden abstracto. Comúnmente son figuras de adoración o decoración, que pueden colocarse o llevarse, es decir, los hombres pueden traerlas consigo, ponerlas en sus hogares o ponerlas en lugares públicos.

(1) En las culturas de la antigüedad los individuos llevaban consigo o depositaban en un rincón exclusivo, figurillas en arcilla para recordarles su comunión con dioses protectores.

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