ANÁLISIS POLÍTICO Y SOCIAL, MANEJO DE CRISIS, MARKETING, COMUNICACIÓN Y ALTA DIRECCIÓN

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lunes, 16 de noviembre de 2009

BUROCRACIA Y PODER POLÍTICO EN MÉXICO


BUROCRACIA Y PODER: México siglo XXI
Por Baltasar Hernández Gómez


El poder del Estado.
Desde la formación de los Estados nacionales la burocracia -como aparato administrativo/operativo para la concreción de sus estrategias e intereses- se ha convertido en sector de poder que introduce a los actores sociales y económicos en un modelo de sujeción, en tanto se erige como filtro para el tratamiento y solución de problemas políticos, laborales, productivos y de servicios. De acuerdo al científico social Max Weber, el corpus burocrático tiende a fortalecerse, debido a que la clase dominante depende de él para ejecutar las acciones para materializar la estructura económica y supraestructura ideológica, así como el sistema de vida general.

Es por esto que dicho conjunto orgánico de empleados y funcionarios de todos los niveles atraen para sí el proceso de dominación a partir de su especialización técnica, sustituyendo los títulos nobiliarios que se respetaban por ascendencia en las formaciones precapitalistas por la razón y empiria de la eficacia. Dicha situación los hace creer y ser, en mucho de los casos, elementos indispensables para que la dinámica política siga desarrollándose en tiempo y forma.

Con diferentes grados de aplicabilidad, las áreas burocráticas se sostienen por la discrecionalidad en la puesta en marcha de planes y procesos, con lo cual fin forman cotos de poder a través de la secrecía y el exclusivismo en tareas estatales. Lo mismo sucede con los partidos políticos, ya que su “separación” con respecto a lo social les permite tener una coraza impenetrable, que le suministra vigorización y presencia (legal y financieramente hablando). Cuando en el México moderno se institucionalizó el poder (1929), surgió un partido hegemónico de Estado, acompañado de un circuito burocrático que dio cabida a las familias triunfantes de la guerra revolucionaria (1910-1917), integrando a la clase media ubicada en zonas urbanas, clases bajas que emigraban del campo para obtener movilidad social, así como profesionistas y técnicos. Durante este periodo se eliminó el poder de las armas, poniéndose en su lugar el imperio de rituales procedimentales y la lealtad hacia el nuevo tlatoani, personificado en el Presidente de la República.

La burocracia comenzó a ser la columna vertebral del posicionamiento del Estado en todos y cada uno de las unidades de poder federal, regional y municipal, unificándose los criterios de inserción-selección para la constitución de un grupo experto en quehaceres administrativos, sociales, políticos y económicos, el cual se diseminó en las instituciones gubernamentales. Su organización prohijó el crecimiento de las serpientes de la medusa, lo que derivó en la consolidación de un nuevo “ejército” de mujeres y hombres cuya principal función era (y sigue siendo) trabajar diariamente para la sustentación/ justificación del Estado. Institucionalizadas las fuerzas armadas y las facciones políticas, la burocracia mexicana se levantó como un Leviatán remasterizado que concentró la ejecución de los programas a corto, mediano y largo plazo del sistema capitalista y la fortaleza del presidencialismo.

Con este señorío la burocracia fue levantando vallas de filtración, para que las labores del gobierno, de la iniciativa privada, las relaciones internacionales y la gobernabilidad tuvieran que pasar forzosamente por sus manos. Luego entonces, los secretarios de Estado se metamorfosearon en cardenales; los subsecretarios en obispos; mandos medios en sacerdotes y los empleados operativos en presbíteros, por medio de los cuales se realiza la liturgia del poder, para seguir controlando las bases económicas, políticas y sociales de la Nación. Aunque pareciera que el cuerpo administrativo del Estado está disgregado no es así, toda vez que en México, la burocracia funciona bajo la égida del Ejecutivo en turno, las pretensiones empresariales en lo interno y externo, los arreglos corporativos y las urgencias cortoplacistas de los empleados que pone el Ejecutivo.

Las nuevas élites burocráticas.
Desde la década de los años cuarenta del siglo XX se dio por terminada la supremacía de los generales herederos de la Revolución en la presidencia de la República, generando con ello que los cargos burocráticos fueran ocupados por profesionistas provenientes de universidades públicas (UNAM e IPN) con formación tradicionalista, a fin de que entendieran y aplicaran los preceptos del proteccionismo de Estado (aunque fuera solamente en el tintero de los proyectos). Esta situación prevaleció -con altibajos- hasta principios de la década de los ochenta, pues la incorporación de México en el conservadurismo neoliberal y los estragos de la crisis de la deuda externa, modificaron radicalmente el sistema político y por consiguiente la estructura burocrática.

El nuevo paradigma no se sustentó en paternalismos o en estabilidad política para el bienestar, sino en la promoción de una economía de mercado fiero, desregulación para fomento de inversiones, venta de paraestatales, apertura comercial desigual, disminución del gasto público y, por ende, recorte de la burocracia y el gasto público en términos materiales y técnicos. Este viraje trajo consigo una élite burocrática compuesta por técnicos especializados en economía, finanzas, relaciones internacionales, legislación comercial, etc., los cuales además de cursar estudios en instituciones privadas de corte reaccionario, son entrenados en escuelas de Europa y EUA para hacerse especialistas en cuestiones monetaristas, administración de recursos, informática y redes sociales internacionales.

Tales circunstancias modificaron al sistema político mexicano, pues la sucesión de presidentes tecnócratas cambiaron el rumbo del país: Miguel de la Madrid, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo (PRI) y desde el año 2000 Vicente Fox y Felipe Calderón (PAN) demostraron ser excepcionales operadores de los cánones globalizadores, exterminando la burocracia sindicalizada o fundamentada en contubernios puramente políticos. Paradójicamente la nueva filosofía de los detentadores del poder se defienden bajo los preceptos de la eficiencia y eficacia administrativa, que sirven para cerrar el paso a los vaivenes políticos, que provocaron -supuestamente-la debacle financiera en los denominados “años perdidos de los ochenta y noventa”. El Estado, su gobierno, así como los planes y programas derivados no fueron trazados para alcanzar desarrollo armónico de todas las clases sociales, sino para encontrar las mejores vías para instrumentar leyes del mercado neoliberal en lo doméstico.

La nueva élite desplazó a profesionales del Derecho, entre otros con diferentes disciplinas de las ciencias sociales, así como a camarillas políticas provenientes de relaciones partidistas o sanguíneas, para dar paso a técnicos en economía, administración y finanzas, que cerraron el círculo de acceso en dependencias claves para el futuro nacional, tales como: Programación y Presupuesto, Hacienda y Crédito Público, Energía y Comercio. Lo que a simple vista puede resultar “positivo” por el supuesto grado de especialización, democratización con base en el conocimiento y experiencia, reducción de excesos políticos en la administración pública, no lo es, en virtud de que la nueva burocracia está supeditada a:

1) La omnipotencia del Ejecutivo federal.

2) Las exigencias de países altamente desarrollados.

3) Las instituciones bancarias-bursátiles internacionales y,

4) Al proyecto aséptico de un México que cumple cabalmente las tareas recomendadas por las naciones poderosas.

Los nuevos “mandarines” de la burocracia están adiestrados en la lógica mercantilista-monetarista de las universidades donde el gran capitalismo educa a los cuadros administrativos de países periféricos, despojándolos de todo sentido humano-social y, por consiguiente, de fundamentos teóricos y prácticos para el control político sin menoscabo del establishment.

Este cambio de forma trajo consigo una transformación de fondo: hoy en día ningún funcionario en los tres niveles de gobierno piensan, actúan y programan con base en el interés general, sino bajo las perspectivas globalizadoras. Para los estudiosos de la ciencia política resulta sumamente grave la situación de que el mensaje del Estado no tenga ya un ápice de sociabilidad, es decir, la categoría sociedad no importa, porque lo único trascendental es cumplir y hacer cumplir las leyes del mercado internacional, para evitar catástrofes financieras insalvables o de difícil manejo.

Los planes del Estado, los discursos de los presidentes de 25 años a la fecha y sus colaboradores, sostienen que México es una enorme compañía a la que deben hacérsele modificaciones constantes para que sea cada vez más productiva y sustentable (en términos estrictamente económico-administrativos), lo que deja afuera cualquier tipo de aspiración social de crecimiento sostenido en la igualdad legal-laboral y bienestar común.

Da lo mismo escuchar la voz y el semblante del secretario de Hacienda y Crédito Público que el del Trabajo, Educación o Gobernación, pues sus enunciados convergen en la sanitización de la burocracia que los ha cobijado, la solvencia económica reduciendo programas y actividades sociales y la meta para alcanzar la aprobación de los centros del poder mundial. Los mensajes audio-visuales parecen estar cortados con la misma tijera, pues la voz, conceptos, gestos, ademanes y procedimientos de aplicación están inscritos en la indiferencia hacia las causas sociales. Cada vez más la cadencia gubernamental pone en altorrelieve el cinismo de hacer las cosas bajo el mandato de requerimientos globalizadores y no con la representatividad que dio el voto mayoritario a quien los llamó a colaborar. Las elecciones son entonces una forma esterilizada que legitima a la nueva estructura burocrática. La élite no le debe nada al pueblo, sino a quien la introduce en la esfera exclusiva de la toma de decisiones.

La actual burocracia está escudada en la desfachatez de esgrimir sistemáticamente la cantaleta “lo hacemos obligados por el devenir inmediato”, “es doloroso, pero necesario”,; “no hay otra vía para salir de la crisis”, y “todos deben sacrificarse por el bien del país” (aunque la burocracia ha crecido en 300% desde la llegada de Vicente Fox y Felipe Calderón). Enfundados en trajes oscuros, rodeados de guardaespaldas, inmersos en escenarios preparados para decir lo que desean sin responder preguntas, pagados como si fueran gerentes generales de un corporativo internacional altamente rentable, cuidados con canonjías extremas, que son la envidia de un mandatario de país desarrollado, jeque o dictador; los burócratas responden a las exigencias de sus amos internos (el presidente, partidos y empresarios) y de los ritmos de la economía externa, pero nunca a las necesidades sociales.

Al final de cuentas si se equivocan aguantan para sí el regaño -en corto- del Ejecutivo en turno, pero al mismo tiempo gozan de la protección que otorga ser parte de la camarilla del poder. No importa si las decisiones fueron impropias, si matan a miles de niños, jóvenes o adultos en la serranía, zonas suburbanas o urbanas marginadas con programas deficientes y que además no llegan, ya que el escudo de la impunidad los sigue en camionetas blindadas, cambios de cargos menos visibles o el ostracismo de salir por renuncia voluntaria “por así convenir a sus intereses”. Que mueran los que tengan que morir; que sufran los que no tuvieron cabida en los planes miopes para que presumiblemente se reduzca 0.0001% la pobreza; que lloren los niños sin comida, educación, piso firme en sus casas o que están subempleados o dedicados a forciori a llevar a cabo actividades de prostitución y explotación.

Los detentadores reales del poder en México parecen estar pensando en sus adentros que mientras más personas de la tercera edad fallezcan, adultos sin empleo asesinen involuntariamente a sus familiares por no llevar dinero a sus casas, se maten a niños por la ignorancia y el olvido a las que son sometidos, habrá más mazorcas para quienes permanezcan vivos en calidad de autómatas.

A manera de conclusión.
Bajo la consigna personal de pensar global y actuar local, no puedo darme el lujo de obviar la referencia al estado de Guerrero, pues en esta entidad, que ha sido objeto de la ineficacia modernizante del gobernador Zeferino Torreblanca, la burocracia no solamente permanece igual que en los tiempos del partido hegemónico (PRI) integrada por empleados, políticos y recomendados, sino también por nuevos funcionarios cobijados bajo el manto de la amistad, compadrazgo, favores carnales, corrupción tecnificada en contratos, mantenimiento y adquisiciones.

La cereza que corona la comunicación cínica de los empleados de lujo que componen al gabinete zeferinista la dio hace unos días el secretario de Educación, José Luis González de la Vega Otero, quien al responder a periodistas sobre el déficit de 1,400 millones de pesos en dicho sector (cantidad similar al presupuesto anual del municipio más importante de la entidad: Acapulco), afirmó que la gravedad del asunto sólo puede remediarse con la muerte de los administrativos y profesores que tienen plazas fuera del techo presupuestal (evitó decir que estos cargos fueron otorgados como favores o vendidos por los testaferros del gobernador René Juárez).

González de la Vega descubrió nuevamente su incompetencia al igual que lo hace su patrón, dejando “a la buena de Dios” el desmedido desfalco en la SEG, que dicho sea de paso es impagable. Para él lo único cierto es que la sociedad debe esperar la defunción de los maestros que están ocupando puestos indebidos en escuelas, supervisiones u oficinas repletas de comisionados. Ya entrados en ideas maniqueas: ¿Por qué no acelerar el paso y meter en el estadio Azteca a todos los profesores y administrativos de la SEG que están provocando este enorme déficit, para que reciban radiaciones de plutonio, lo cual los exterminaría en cuestión de segundos y así resolver -de una vez por todas- los problemas financieros de Guerrero. En otros foros podrían aventarse bombas nucleares para aniquilar indígenas, opositores al proyecto La Parota, políticos no afines y desempleados, con la finalidad de tener un Guerrero limpio, a la altura de las aspiraciones del gobernador Z.

En este mismo orden de ideas, Zeferino Torreblanca, gobernante 1/3 panista, 1/3 priista y 1/3 grupoacaista (como fundador de la organización Grupo ACA), señaló el pasado 6 de noviembre que la violencia y la inseguridad en el estado son elementos permanentes con los que el país y el estado deben coexistir. Bajo este tipo de supuestos el gobierno no debe hacer nada a fondo porque es preferible dejar que los vaivenes se compongan o cambien de ritmo por obra y gracia del azar, o bien, por el designio de una divinidad. El otrora miembro de la I.P., que luego se convirtió en burócrata público piensa que los pobres seguirán siéndolo, los ignorantes igualmente, y que las circunstancias actuales del narco, injusticia y antidemocracia son situaciones imperecederas.

Perdido en inauguraciones de bajo nivel técnico-material (como por ejemplo “El III “Festival de La Nao” que fue similar a un montaje de escuelas secundarias del sector 08); secuestrado por guardaespaldas y camionetas blindadas; observando la entidad desde helicópteros que deberían brindar sus servicios en la Secretaría de Salud y así ayudar a los habitantes de La Montaña, el Rey Sol sureño no ve ni oye más allá de lo que dicen sus amigos de la adolescencia y adultez, convertidos en funcionarios de angora. Los demás somos lo de menos, pues a lo sumo nos lanzará un “me vale madre” como cuando se refirió a la crítica de legisladores del partido político al que supuestamente pertenece o está adherido con chicle (en específico se refirió a las declaraciones hechas por actual senador del PRD, Carlos Navarrete) por tener en las dependencias del estado a conocidas y conocidos priistas, que mucho tienen que explicar a la ciudadanía por actos pasados y presentes.

Si me preguntan propuestas para mejorar el estado de cosas en Guerrero, sólo diré que cada quien saque conclusiones, aplique criterios y actúe congruentemente con base en los juicios y sentimientos que se originan por el contacto real con el mundo de la vida. B.H.G.
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Para mayor profundización sobre burocracia y élites, aconsejo remitirse a la siguiente bibliografía base:

Weber, Max. ¿Qué es la burocracia?, Editorial Taurus, Argentina, 1997.
Mosca, Gaetano. La clase política, Editorial FCE, México, 2001.
Ai Camp, Roderic. Las élites del poder en México, Editorial Siglo XXI, México, 2000.
Ai Camp, Roderic. Reclutamiento político en México, Siglo XXI, México, 2002.
Rodríguez Zúñiga, Luis. Élites y democracia, Editorial FCE, México, 2004.
Lasch, Christopher. La rebelión de las élites y traición a la democracia, Editorial Paidós, España, 1996.
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