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martes, 3 de mayo de 2011

UN ENFOQUE MULTIFACTORIAL DEL MOVIMIENTO DEL 68 EN MÉXICO Y SUS REPERCUSIONES ACTUALES.


UN BALANCE MULTIFACTORIAL DEL MOVIMIENTO DE 1968
Por Baltasar Hernández Gómez


El movimiento de 1968 en México no nació como un evento de generación espontánea. Al contrario, éste sucedió en un marco sociopolítico muy complejo que se fue incubando desde la etapa posrevolucionaria y más precisamente en los años cincuenta del siglo XX. En este entorno la élite estaba “abandonando” el denominado proceso de estabilización y homogeneización nacional que, de acuerdo al discurso oficial, las clases sociales estaban siendo beneficiadas por el progreso del capitalismo y la tecnología, poniendo en entredicho el modelo de estudio-trabajo-posición social-bonanza-familia-consumo.

Lo que comenzó con una medida de orden público violenta para aplacar una riña entre estudiantes de preparatoria condensó décadas de autoritarismo del sistema político, desatando un movimiento de gran envergadura que traspasó la temporalidad de la coyuntura previa a los juegos olímpicos de 1968, situándolo como “parteaguas” de la democracia mexicana. En el presente ensayo pretendo dar algunos vectores para su comprensión, análisis y manejo como suceso sociopolítico que rebasó su espacio, pues representó un crisol para la definición y puesta en marcha de visiones distintas como nación. La prospectiva de sus alcances está vigente en el siglo XXI.

Los años anteriores a 1968 estuvieron permeados por las primeras manifestaciones contra el corporativismo de Estado, que originaron huelgas y protestas de trabajadores, campesinos y estudiantes, así como también de críticas acompañadas a los fraudes electorales realizados por el PRI.

En el plano internacional estaban desarrollándose protestas estudiantiles y luego entonces la sociedad civil que participó en algunos sucesos de la década de los cincuenta y sesenta, vieron que lo que ocurría en México estaba pasando también en Francia, Alemania y Estados Unidos, entre otros países. En esta dinámica hubo una acogida de las noticias sobre la invasión soviética en Praga y la resistencia que opusieron en agosto de 1968 los checos. Esto produjo además que se suscitaran demostraciones concretas de solidaridad con los vietnamitas y con la guerrilla comandada por Ernesto “Che” Guevara de la Serna en Bolivia.

La situación produjo efervescencia, pues hubo repudio contra la invasión a Santo Domingo y la defensa de los principios e ideales de la revolución cubana. El sector más politizado estuvo al tanto de los textos “clásicos” de Carlos Marx y Vladimir I. Lenin, así como de las proposiciones de H. Marcuse y Jean Paul Sartrè. Los jóvenes del 1968 mexicano coincidieron en mucho con sus iguales en otras latitudes del mundo, sobre todo en lo concerniente a la lucha por las libertades individuales, nacionales y universales, pero sobre todo en mostrar su repudio contra todo tipo de autoritarismo represivo proveniente del Estado. La lucha rescató lo más valioso de la categoría utopía como esperanza, como posibilidad real de cambiar lo incorrecto. El movimiento se distinguió de sus pares por no limitar sus demandas al entorno educativo medio superior y superior, sino que se proyectó como contenedor activo de una crítica generalizada contra el sistema político y sus regímenes de gobierno.

Sin embargo, alcanzar un impacto sustancial en las estructuras de dominación presidencialista, corporativista y antidemocrática el movimiento de 1968 tuvo que haber partido de la conformación de una alianza con la clase media y los sectores obreros y campesinos, pero las condiciones materiales del momento y la propia integración de los regímenes priistas no hicieron posible la concreción de un tipo de lucha política amplificada. Faltó lo que hoy se define como “cultura política ciudadana”, la cual no estaba evolucionada y mucho menos “aceptada” por la clase dominante (llamada en muchos sexenios “la familia revolucionaria”), a fin de que la confrontación de estudiantes, profesores, padres de familia, técnicos y profesionistas simpatizantes se empoderara en el centro y entidades federativas de la República mexicana.

Para algunos estudiosos del movimiento éste fue solamente una corriente de acción-reacción contestataria, es decir, que no tenía los méritos suficientes para estructurar un proyecto político, social, económico, cultural y educativo para la construcción de una nueva forma de gobierno. Los 6 puntos(*) que sirvieron como plataforma política del movimiento estuvieron limitados a la crítica dura hacia el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz, caracterizado por un presidencialismo corrupto, autoritario y represivo, incapaz de escuchar o soportar voces disidentes y que estaba resintiendo los embates de un modelo económico dependiente, que abrió la zanja entre los que tienen mucho, los que viven en medianía y los que carecen de los satisfactores más elementales.

La composición social del movimiento de 1968 fue fundamentalmente estudiantil, circunscrito al ámbito de la educación pública y, en menor medida privada. Los participantes pertenecieron al nivel universitario, bachillerato/preparatoria de la UNAM e IPN, así como miembros de la clase media como profesores, trabajadores urbanos, burócratas y padres de familia. Los sectores obreros a pesar de los constantes llamados a participar (las consignas más frecuentes fueron ¡Pueblo no aplaudas, únete! ¡Pueblo no nos abandones, únete!), tuvieron una respuesta minoritaria en el conflicto.

La cabeza del movimiento estuvo constituida por jóvenes que de una u otra forma ya habían tenido experiencias políticas en el seno de la lucha estudiantil en escuelas preparatorias y universidades. Hubo otros que pertenecían a una izquierda independiente, autónoma o ligada a grupos ajenos al PCM (pro-soviético), es decir, maoístas, trotskistas, guevaristas, fidelistas, etc. Así pues, el movimiento ideológicamente era heterogéneo, ya que también participaron estudiantes sin militancia alguna, que los movía el ideal de estar con lo que consideraban justo.

Además de esta pluralidad ideológica y organizativa, el movimiento estuvo integrado por jóvenes de bandas, vendedores ambulantes, desempleados, etc., que deseaban castigo o venganza contra los cuerpos paramilitares y policiacos, ya que estaban cansados de ser extorsionados y maltratados. De igual manera estuvieron incorporados grupos “contraculturales”, que aspiraban cambiar la vida cotidiana, tanto el autoritarismo familiar como de la escuela: su identidad, por decirlo de alguna forma, era más existencialista que de conciencia de clase. A pesar de todo, muchas diferencias desaparecieron en la operatividad del trabajo realizado por ciertos grupos estudiantiles, pues no hubo problemas insalvables en la convivencia entre hippies, socialistas, intelectuales, “niños(as) bien” de extracto clasemediero o brigadistas rocanroleros.

Todas estas expresiones, por diferentes razones, coincidieron en permanecer y hacer respetar un punto de equilibrio para ser y sentirse críticos. Frente al gobierno represor, padres autoritarios, patrones laborales injustos o policías con impunidad, los jóvenes lograron fusionarse en los hechos que se presentaron en la cotidianeidad o como dijeron algunos “al calor de la batalla”. Siguiendo las huellas de estas divergencias hoy se puede constatar una tendencia: muchos de los que fueron dirigentes en 1968 y que eran jóvenes politizados, hoy bajo la etiqueta de estar adheridos y vivir en o de la izquierda, ocupan cargos políticos, plazas gubernamentales, asesorías y titularidades en las más importantes universidades del país. asimismo, un número considerable de los que pertenecieron a grupos contraculturales son ahora militantes de movimientos ecologistas, feministas, defensores de derechos humanos o ven la vida bajo un prisma de vida alternativa y emprendedora.

1968 en México es visto como el primer golpe directo al sistema político, que se ufanaba de haber erigido un circuito impenetrable y eficaz de estabilidad política, crecimiento económico sostenido y sobre todo de “paz social” a prueba de vendavales internos o externos. A bote pronto pareciera que las consecuencias inmediatas de la lucha en 1968 fueron el fracaso, la apatía y desmovilización, debido a la cantidad de muertos y reprimidos (hay cálculos conservadores que solamente en la masacre de Tlatelolco fallecieron 300 personas) y, al encarcelamiento y persecución de opositores.

Ciertas personas han considerado que los saldos fueron negativos porque ninguno de los seis puntos del pliego petitorio fue satisfecho y el sistema siguió gozando -en términos generales- de “buena salud”, durante un largo periodo. Basta recordar que la demanda principal de los jóvenes era la democratización del sistema político, pero este proceso apenas dio inicio hasta 1977, con la aprobación de una nueva ley electoral, que permitió -con muchas acotaciones- la existencia legal de partidos políticos diferentes al PRI y sus aliados satélites (como por ejemplo el caso PARM). En este recuento de derivaciones, cabe señalar que ninguno de los responsables intelectuales o materiales de la represión, torturas y asesinatos fueron juzgados.

Los que asumieron un perfil más radical, abandonaron la lucha legal, por las vías institucionales y prefirieron tomar la lucha armada, desarrollando clandestinamente guerrillas urbanas y rurales, las cuales fueron violentamente atacadas por el Estado durante las décadas de los años setenta y parte de los ochenta del siglo XX, lo que fue tipificado como “guerra sucia”, lapso donde murieron y desaparecieron miles de jóvenes y adultos por parte del ejército y los cuerpos policiacos secretos que actuaban con impunidad.

No obstante la visión presentada en los párrafos que anteceden, creo conveniente aclarar que la historia no debe ser observada a través de lentes cortoplacistas, sino a largo plazo. Si no fuera de esta forma sería imposible comprender el lento, pero constante proceso de democratización y transición que ha vivido el país en los últimos 40 años. Es por ello que el movimiento de 1968 puso por primera vez al descubierto -de manera abierta- las miserias del sistema político mexicano, es decir, sus entrañas antihumanas, represivas y corruptas. En el último tercio de la década de los sesenta los estudiantes pusieron en vitrina transparente el ejercicio del poder: presidencialismo, impunidad, complacencia y complicidad de la élite política y los medios de producción y comunicación.

Los jóvenes del ayer, hombres y mujeres en plenitud hoy en día (muchos de ellos abuelos y bisabuelos) se enfrentaron a lo que todos los mexicanos temían: al Ejecutivo y sus tentáculos en todas y cada una de las instituciones supuestamente “republicanas”. Este fue el verdadero legado del movimiento de 1968, y que todavía ahora se tienen que seguir discutiendo en el país, porque persiste el mal concentrado en la figura del neo-tlatoani (el presidente de la República).

Este y otros logros integran parte sustancial de la memoria histórica que se ha ido recuperando en el diseño y puesta en marcha de las luchas ciudadanas no partidizadas. Después de la alternancia iniciada en el año 2000 con el relevo del PRI, que gobernó durante 70 años por el PAN, México ha empezado a vivir apenas el preámbulo de un proceso de apertura democrática proveniente de las bases societales y, en el telón de fondo aún están vivas las propuestas señaladas en 1968.

No podemos explicar el proceso de transición que vive el país desde hace once años sin tomar en cuenta como factor determinante la lucha de 1968. En todas las manifestaciones para recordar al movimiento la principal consigna es “El 68 no se olvida” y estoy convencido que la frase debe ser asumida como una gran tarea pendiente en el ámbito político y como posibilidad material de brindar oportunidad a la utopía de ser y estar mejor en los planos humanistas, materiales y espirituales. Los cuestionamientos hechos al sistema autoritario por los jóvenes del movimiento de 1968 son materias pendientes, en virtud que la democracia en México aún no se desarrolla ni siquiera aceptablemente, pues la alternancia por sí misma no es sinónimo de transición. Las condiciones económicas, educativas y culturales todavía tienen una carga excesiva de discrecionalidad, irresponsabilidad en el uso de los recursos públicos y una clara tendencia de acumulación de capital en unas cuantas familias.

La protesta viva nos legó una serie de pendientes que deben planificarse, operarse y supervisarse desde un punto de vista social, que dé solución a los sectores más vulnerables. Es imprescindible que no se olviden los errores cometidos durante 1968, a fin de que la sociedad civil cada vez más grande y sólida rectifique y aprenda a triunfar con base en la unión y tolerancia de todos los sectores oprimidos por la inequidad e injusticia que provoca miseria, violencia e inmovilismo.

A manera de Conclusión.
El movimiento estudiantil de 1968 fue sin temor a equivocarme un acontecimiento histórico para la democratización de México, pero se debe puntualizar con precisión para dimensionar los aportes surgidos de esta lucha libertaria. Hubo en su seno el germen para abrir canales democráticos en el país, que estuvieron siempre presentes en todos los actos masivos contra el Estado mexicano y su gobierno autoritario. Es cierto que el movimiento no estuvo articulado como se hubiera querido en el plano intelectual, ya que su nacimiento, desarrollo, consolidación y fin estuvo plagado de un imaginario, que se fue concretando en la misma coyuntura y con el sello de la espontaneidad juvenil.

Desde el “abordaje” de calles y plazas, con marchas, mítines, asambleas y la conformación de comités; la negación a lo establecido, en sus diversas formas, se convirtió en un intermitente ulular de banderas, pensamientos, ideas y posiciones ideológicas. Acostumbrados a la política vertical, paternalista, corrupta, autoritaria y represora de los regímenes emanados de la “familia revolucionaria” y luego “tecnócrata”, la aparición de este movimiento fue a la larga la madre de la interlocución directa de los grupos sociales contrarios a los gobiernos.

Desde la reivindicación posterior en 1971; las expresiones de inconformidad planteadas por las diferentes guerrillas, movimientos indígenas e identidades; el movimiento de respuesta ante el terremoto de 1985 en el DF; el movimiento del CEU a mediados de la década de los ochenta; la lucha por reivindicar las votaciones de 1988; el crecimiento de las manifestaciones más organizadas contra las políticas de Carlos Salinas; la conquista de espacios cada vez más abiertos en los medios de comunicación (por lo menos de muchos periodistas y analistas independientes, redes sociales en el siglo XXI); entre otras muchos acontecimientos políticos y sociales, son muestra del legado de miles de jóvenes, adultos, trabajadores, campesinos e indígenas para ensanchar la democracia en México.

Los ciudadanos que habían nacido mudos por años de autoritarismo ahora tienen la posibilidad de expresarse, produciendo vías diferentes para discutir los temas de la educación, universidad y de la Nación entera, a través de los espacios sociales ganados a la partidocracia y medios de comunicación. El movimiento del 68 puede ubicarse como la lucha por la negación a los cánones establecidos y como el preámbulo necesario para la toma de conciencia de libertades. En sus postulados callejeros y en los puntos del pliego petitorio se exigía libertad, democracia, pero esto dista mucho de plantear los cómo, cuándo y dónde para su concreción. Esta tarea está en construcción y es todavía inacabada.

El 68 fue una revelación de creatividad, irreverencia, emotividad, romanticismo y posición contestataria, ya que se deseaba abarcar la totalidad de Nación o sencillamente nada. Como un hacer suya la consigna cubana “Patria o muerte, venceremos”. Lástima que al calor dela lucha no existió una propuesta integral para estructurar orgánicamente las posturas centrales de los comités de lucha o las que se generaban al seno de la base estudiantil, ni mucho menos la creación de un sindicato universitario o partido político que pudiera incrustarse en el juego democrático, hasta entonces vedado a la oposición. La postura intrínseca del movimiento fue salir a la calle para negar con todo el modo de vida de la mexicaneidad y el papel agobiante del gobierno.

Las versiones más críticas a lo ocurrido en el 68 mexicano, como lo cita Enrique Krauze(**) no ven en el movimiento un concepto democrático acabado, sino una lucha que amparó ideas de libertad y respuesta contra todo lo impuesto en lo político, económico y social. Muchos analistas coinciden descubrir al 68 como un movimiento permeado desde su médula por contradicciones originadas en la heterogeneidad ideológica y “cosmovisión” del mundo. Lo cierto es que en el movimiento se anidaron todo tipo de activistas e ideologías, pero sin programas definidos para consolidar una democracia horizontal que se insertara en la concreción -como herencia material- de un nuevo tipo de sistema político a corto y mediano plazo.

Los jóvenes integrados de manera directa e indirecta en el 68 representaron la negación al status quo, que tenía eso sí un enemigo común determinado: el Estado y su aparato ejecutor, pero no así los alcances donde tenían que desembocar las propuestas. La masacre del 2 de octubre en la plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, Distrito Federal, México no solamente puede ser medida por el número de muertos o encarcelados, sino en la profunda certeza de comprobar -en carne propia y en escaparate público- la capacidad criminal de un gobierno aterrorizado de ser desbordado y que utilizó todos sus recursos de violencia institucionalizada.

El poder del Estado no fue demostrado únicamente con armas y calabozos, sino que movilizó al aparato ideológico para direccionar a los medios de comunicación, tejiendo redes de terror que trataron crear un síndrome de impotencia generalizada, para generar parálisis y/o neutralización de nuevos brotes insurreccionales. Después del 68 el país coexistió con la sombra del miedo a nuevas masacres y vivió simbióticamente con el monstruo de mil cabezas de la corrupción y el autoritarismo. Más sin embargo ya nada iba a ser igual. Las implicaciones del movimiento del 68, para el Estado, tuvo repercusiones en fases distintas: primero se planteó la desmovilización, luego la reubicación escolarizada para desarticular la unidad de los estudiantes. Después las reconversiones políticas y económicas que adecuaran al modelo económico en los cambios mundiales; para llegar a la incorporación -a favor- del movimiento como ícono, convirtiéndose a la larga en una historia “aceptable, nostálgica y reivindicativa.

Hay que dejar muy en claro que no todo lo que ha surgido para bien de la sociedad mexicana hasta nuestros días tuvo su punto de partida en el movimiento estudiantil, pero sí resulta incuestionable que éste contribuyó a abrir la conciencia y los ojos de las masas a la crítica, organización y respuesta más organizada de la sociedad mexicana.

No obstante de los caídos en las redes del poder, que se integraron a universidades, asesorías y puestos de dirección en el gobierno y empresa pública, que olvidaron (en una especie de amnesia acomodaticia) la toma de calles y las vociferaciones entusiastas contra la maldad, injusticia y cerrazón que seguía existiendo en el país; esto no demerita la voluntad y la valentía de haber atacado con fuerza y también con sutileza extraordinaria al sistema político y al mexican way of life. Este es un legado importante y la esencia misma de las luchas que provienen de la honestidad más combativa.

Se ganó un trastocamiento para bien de la cultura en México (entendida en su acepción más amplia), que por primera vez impulsó miradas y entendimientos distinto para sentir vívidamente la política, el arte, la música, el conocimiento y el futuro como horizonte más alcanzable. Una de las aportaciones más trascendentales del 68 fue la inconformidad: no estar a gusto con las normatividades para hacer, estar, disfrutar y pensar en mejores mañanas. En síntesis…..la inconformidad convertida en rebeldía crítica donde nace la noción de la filosofía del Hombre, que es el cuestionamiento de su propio ser.

2011: todavía no conocemos los horizontes a los que nos llevará el estado de cosas prevalecientes por la pobreza extrema de las diferentes clases sociales en los ámbitos materiales (lo económico, político y social), humanistas, espirituales, etc., pero lo que sí alcanza a vislumbrarse es que las condiciones están dadas para que se “prendan mechas” de movilización organizada desde la base societal para exigir cambio. Nadie debe obviar, minimizar y mucho menos despreciar las luchas de amas de casa, organismos civiles, trabajadores, intelectuales, familiares de asesinados por la denominada “lucha contra el crimen organizado por parte del gobierno calderonista”, estudiantes, redes sociales, medios de comunicación alternativos; pues de ellos surgirá una consciencia, pero sobre todo una acción contundente que ponga alto a la barbarie.

Nada es tan insignificante ni pequeño para no ser tomado en cuenta. “El aleteo de una mariposa en un bosque de encinos puede ser un tornado en las praderas de lavanda”. Ni más ni menos. B.H.G. Ω
NOTAS:
*El pliego petitorio constó de seis puntos, que fueron: 1) Respeto a las libertades democráticas; 2) Libertad a los estudiantes, profesores y ciudadanos que fueron aprehendidos a partir del 26 de julio; 3) Derogación de los artículos 145 y 145 bis del Código Penal Federal; 4) Destitución de las autoridades responsables de los violentos actos ocurridos; 5) Desaparición del Cuerpo de Granaderos y la no creación en el futuro de organismos similares; y 6) Indemnización a las familias de los estudiantes agredidos.

**”México, el legado incierto de 1968” en Revista Ñ, Argentina, 17 de mayo de 2008.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
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Anaya, Héctor, (1998), Los parricidas del 68, (La protesta juvenil), Plaza y Valdés México.
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Basáñez, Miguel (1981), La lucha por la hegemonía en México, 1968-1980, Siglo XXI, México.
Córdova, Arnaldo (1978), La formación del poder político en México, Era, México.
Cosío Villegas, Daniel (1972), El sistema político mexicano, Joaquín Mortiz, México.
Gilly, A. Córdova, A. Bartra, A. Aguilar, M. Semo, E. (1981), Interpretaciones de la Revolución Mexicana, Nueva Imagen, México.
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Othón Quiroz; José (1999), “A treinta años del 68: algunos vacíos y algunas influencias “, en Revista Sociológica, 1968: significados y efectos sociales, septiembre –diciembre 1998, año 13 N° 38 Universidad Autónoma Metropolitana, México.
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Zermeño, Sergio (1978, B), México: Una democracia utópica. El movimiento estudiantil del 68, Siglo XXI, México.

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