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lunes, 25 de abril de 2011

PODER POLÍTICO Y LA DESAPARICIÓN DE LOS "DÉBILES Y FRACASADOS", SEGÚN LA VISIÓN DE F. NIETZSCHE


ACABAR CON LOS DÉBILES Y FRACASADOS:
La reproducción del poder político y el poder de la violencia a través del pensamiento de Nietzsche.
Por Baltasar Hernández Gómez


En el último tercio del siglo XIX Friedrich Nietzsche armó un cuerpo de reflexiones con la intención de inculcar una actitud despreciativa de los poderosos hacia los desposeídos y la urgencia para reconstruir estructuras sociales, educativas, culturales, con el propósito de procrear lo que él nombró “superhombres”. Estos tendrían la tarea de salvar al mundo de la mediocridad, asumiendo la redención de la humanidad por medio de la eliminación de los preceptos cristianos que influyeron a la civilización occidental.

¡Los débiles y los fracasados deben perecer! fue su grito de guerra para el exterminio de lo que consideraba flaqueza social. El creador de El anticristo y Así habló Zaratustra, entre otras obras, pudo influenciar a muchas mujeres y hombres del siglo XX que estuvieron o están en un entorno de poder. Uno de los discípulos indirectos de sus corriente de pensamiento fue Adolfo Hitler, quien convirtió la doctrina nazi [militarista-discriminatoria-autoritaria-esotérica] en una religión pangermánica durante el periodo 1930-1945.

¿Qué significa dar muerte a débiles y fracasados? El no reconocimiento de las desigualdades en el complejo tejido de las relaciones sociales, pues aceptar que hay fragilidad y desolación en el género humano es lo mismo que validar las múltiples y variadas teorías de superioridad de raza, credo o condición económica. Tal aseveración estuvo dirigida a la defensa del axioma “el pez grande se come al más chico”, tratando de permutar la supervivencia animal en valor supremo de la sociedad. Desde esta óptica muchos Estados contemporáneos y sus instituciones ejecutivas, legislativas y judiciales asienten que la debilidad y el fracaso forman parte de la idiosincrasia ciudadana que no está preparada para solventar por sí misma las diferencias entre los que tienen en demasía, los que tienen lo suficiente, los que tienen poco o los que viven infrahumanamente.

¡Allá ellos! Musitan los tutores o conservadores del sistema de vida prevaleciente, mientras millones de personas se pierden en la miseria. El gran porcentaje de ellos desafortunadamente tienen un proceso de vida corto, pues la muerte llega muy rápido por la falta de alimentos, medicinas y alicientes que nutran su cuerpo, intelecto y espiritualidad. Los detentadores del poder político y económico se han erigido en la “casta divina” que se apropió del derecho a dirigir los destinos de las masas. La clase dominante se apropió de los medios de producción y reproducción social negando el acceso de las mayorías al bienestar, sumiéndolas en dependencia absoluta. Por eso la ideología proyectada desde la cúpula recalca incesantemente que, quienes no pueden educarse, capacitarse, actualizarse y emplearse, ¡Pobres! ¡Ni modo! ¡Así les tocó vivir! ¡No es culpa de nadie!

Lo que es injusticia pura ha quedado incrustado como filosofía que admite que las desgracias personales y colectivas tienen su origen en la ineptitud: la “élite” cree que millones de personas padecen los estragos de la pobreza porque simplemente no quieren ser mejores. Desde esta perspectiva, la sociedad tiene la culpa de sus desgracias, porque si no tienen para comer, vestirse, curarse, cultivarse, ejercitarse, albergarse y divertirse es porque no han tenido las “agallas” suficientes para salir de su mediocridad. A los débiles y fracasados hay que proveerlos de misericordia a través de programas asistencialistas en los tres órdenes de gobierno, que atenúen algunas necesidades básicas, pero no más.

A la fragilidad física y mental se le sobrepone la etiqueta “ecosistema artificial” que funge como parapeto cuya función es la extirpación de elementos dañinos o fuera de lugar. Así pues los autores de la posmodernidad hacen creer que los miserables -más temprano que tarde- enfrentarán crisis existenciales y de sobrevivencia que los llevará a la conformidad total, o bien, al apartamiento y extinción.

A millones de jóvenes y adultos que requieren bienes y servicios públicos sólo les son devueltas pequeñas dosis de propaganda política y programas temporales para tenerlos en latencia (stand by, utilizando un término anglosajón para determinar latencia), que los orille a aceptar incondicionalmente las propuestas de políticos, gobernantes o empresarios. Año tras año el desempleo, la carestía y la falta de oportunidades engrosan los batallones de pobres y extremo-pobres que son moldeados en entidades debilitadas que, al no ver concretadas sus aspiraciones a corto y mediano plazo, hacen suyo el reconocimiento de ser fracasados. A estos -diría Nietzsche y partidarios- no deben dárseles ningún tipo de consideraciones, sino eliminarlos en forma paulatina.

En el caso de México quiero subrayar que Porfirio Díaz Mori [dictador militar que usufructuó el poder Ejecutivo en el lapso comprendido 1876-1911] no cejó en afirmar que el país estaba constituido por adultos ignorantes, ingenuos e improductivos y por ello era imprescindible su figura al frente de la presidencia. Más acá, o sea, desde el inicio del tercer milenio, los presidentes panistas (Vicente Fox Quesada y Felipe Calderón Hinojosa) han repetido sin cesar que la alternancia, confundida a propósito como transición, debe concretarse poco a poco, remarcando las supuestas bondades del neoconservadurismo que establece que “la fe, esperanza y caridad son los factores que todo lo pueden, a pesar de las adversidades”. Lo único comprobable ha sido que en cien o diez años las desigualdades no sólo persistieron, sino que aumentaron exponencialmente.

En la mente de muchos políticos, gobernantes, empresarios, industriales y financieros, militares, jueces y sacerdotes los pobres y fracasados siempre han sido una constante, una especie de mal necesario en las distintas etapas históricas de la humanidad. Hoy en día son tratados como “daño colateral”, debiendo reconfortárseles con acciones emolientes que disfracen pesares con la premisa de que en una vida futura (más allá de la muerte) podrán encontrar lo negado en el plano físico. En los países del “tercer mundo o en vías de desarrollo” las clases subordinadas son los débiles y fracasados, y hacia ellos están dirigidas las baterías de dominación, con el propósito de que todo transite por el riel del progreso para unos pocos. Las pandemias, el hambre, la inanición, la ignorancia, la segregación, el sentimiento de inferioridad y la desolación es visto como parte intrínseca de la pertenencia de millones de personas a su estado de miseria.

De esta manera los pobres son vistos como problema soportable, toda vez que sirven para dar persistencia al statu quo. “La visión de los vencedores” [parafraseando el título de libro más conocido del historiador Miguel León Portilla La visión de los vencidos, Editorial UNAM, México.] persigue inocular en la psique social la idea de que lo mejor es soportarlos porque son mano de obra barata y siempre disponible. Los poderosos piensan que hay que ayudarlos para que subsistan sin salirse de su indigencia. Hay que dotarlos de lo mínimo para que no exijan más. Hay que idiotizarlos para que no insistan en seguir yendo a las escuelas. Hay que darles cultura a través de productos nacionalistas para que no piensen más allá de sus límites existenciales.

El poder político no sólo es ejercido por la violencia de los aparatos represivos del Estado, por un lado y los grupos del crimen organizado por el otro, sino también por medio de políticas gubernativas que fincan salarios de sobrevivencia; bienes y servicios públicos deplorables, o bien, campañas ideologizantes de temor, conformismo y pasividad. En la élite existe una infinidad de pensamientos torcidos para argumentar que si los débiles y fracasados mueren por enfermedades, hambre, epidemias descontroladas o por las balas de los bandos en guerra (la lucha de los “buenos” del gobierno contra los “malos” del crimen organizado) habrá otros miles y miles más que los suplan.

Esta filosofía elitista se traduce en insensibilidad, omisión, desprecio, deshonestidad, bajeza e irresponsabilidad, en virtud que la miseria material y espiritual, que se puede sentir en lo concreto de la cotidianeidad, trata de ser revertida como representación simbólica de debilidad y fracaso. Claro está que en esto no hay nada de natural como procura imponer la estructura ideológica del Estado y su clase dominante, pues la penuria nunca ha sido ni será condición humana.

Mientras perdure la desigualdad sistémica los pobres seguirán siendo el hilo más delgado de los lazos sociales, sin embargo, cuando las cuerdas se junten no habrá programas gubernamentales que detengan las acciones ciudadanas que transformen la pobreza en abundancia: si esto fuera así, la debilidad y fracaso serán cambiadas por fortaleza y triunfo. En el hoy y ahora lo más seguro es que se seguirán soportando los experimentos de los detentadores del poder, que arrinconan a “los débiles y fracasados” a una guerra sin cuartel donde los saldos son decenas y decenas de miles de cadáveres a consecuencia de balas, granadas, bombas, inflación, desempleo, extorsiones, secuestros, desapariciones, robos y falta de oportunidades. ¿Hasta cuándo? B.H.G. Ω

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