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lunes, 20 de septiembre de 2010

¿Debemos festejar el Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución en México?


¿DEBEMOS FESTEJAR EL BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA Y CENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN?
[Conferencia impartida por Baltasar Hernández Gómez en el Centro de Actualización del Magisterio, el día 13 de septiembre de 2010].


La fiesta programada en 2010 no es gratuita y mucho menos patriótica. El presente año es una especie de remolino institucionalizado generado por un gobierno ampliamente cuestionado por su ineficacia e insensibilidad. El carnaval pseudo patriótico nos ha costado hasta el momento, un poco más de 3 mil millones de pesos, sí, tres veces mil millones de pesos, lo que equivale aproximadamente a dos años y medio de presupuesto anual para el municipio de Acapulco. El bicentenario del movimiento independentista y centenario de la revolución es pretexto para inculcar en la mente de millones de mexicanos la idea de que México ha sido y sigue siendo un monolito histórico, social y político que se liberó progresivamente de la esclavitud, opresión, inequidad, autoritarismo, corrupción, despotismo y antidemocracia por obra y gracia de héroes criollos, peninsulares y mestizos que han actuado -en una cadena continua de eventos- desde hace dos siglos. En los libros de historia oficial y en los mensajes de los detentadores del poder político en México, todo es una línea progresiva para ponernos en donde estamos ahora.

Desde la perspectiva del Estado mexicano, el país tiene que ser apreciado con ojos distintos, es decir, con ojos de esperanza soñadora, ya que todos los males económicos, sociales y políticos presumiblemente fueron desterrados en las dos últimas centurias y no hay nada más qué hacer, más que sentarnos a esperar, porque ya todo está escrito y es necesario seguir por la senda del acatamiento de disposiciones legales y culturales de los regímenes avalados por peleas que llegaron a negociaciones para acabar con las diferencias. Leyendo entrelíneas, el segundo gobierno panista que preside Felipe Calderón, quiere trasladar al imaginario colectivo que, con la llegada de la alternancia (que no transición democrática), la Nación está circulando por el sendero del bienestar común, el cual no se logra percibir -dice la clase poderosa- debido al golpeteo de las crisis recurrentes del sistema capitalista globalizado. Todos los de afuera, los traidores, los críticos o simplemente “los malos mexicanos” son culpables de las desgracias, nos repiten sin cesar.

3 mil millones de pesos, innumerables horas de spots en los medios de comunicación electrónicos; ríos de tinta en desplegados inscritos en los diarios y revistas; miles de correos por internet para hacer presencia en hogares y centros de trabajo, y movilizaciones de funcionarios, intelectuales orgánicos, comunicadores, bailotean para justificar con palabras la desigualdad de las luchas libertarias que se suscitaron desde el siglo XIX. Hay un bombardeo permanente sobre el rescate, revisión y paseo de osamentas que presuntamente pertenecieron a los próceres de la patria; galerías, banderas y productos para ser consumidos sin crítica por los ciudadanos del tercer milenio y ensayos en el autódromo “Ricardo Rodríguez” para mostrar al mundo la organización del bicentenario y centenario, que por cierto es pésima e improvisada, casi casi como un homenaje de lunes en la secundaria federal número 1.

Asumo el pensamiento de Miguel León Portilla cuando estipula que la historia la escriben los vencedores y no los vencidos: en el caso de las luchas de 1810 y 1910, éstas deben ser reconocidas como crisoles de muchas luchas, en virtud de que no hubo concepciones y mucho menos acciones para desarrollar una sola independencia o una revolución, sino muchos movimientos con distintos objetivos, métodos y perspectivas. El grito de Dolores no fue de libertad, autonomía y democracia, pues arrancó como un desconocimiento a la ocupación francesa del reino español, para luego, poco a poco, ir transformándose en autodefiniciones nacionalistas, que no se originaron por un ideario político único, sino por la idea de las clases dominantes de la Nueva España para erigirse en los detentadores del poder real en los ámbitos sociales y económicos.

Los héroes independentistas tenían diferentes procedimientos, intereses y tácticas para desenvolverse con simpatizantes y militantes y fue José María Morelos y Pavón quien tuvo el proyecto más elaborado y objetivo para la construcción de una Nación, teniendo en mente cambios paulatinos y radicales del estado de cosas legales y políticas de lo que hoy conocemos como México (remembranza de la visión de poder de los mexicas del altiplano central y de lo que posteriormente asimilaríamos como la “raza de bronce”). Los estudiosos de las ciencias sociales asumen que las revoluciones son políticas o sociales: las primeras son traspasos del poder instaurado hacia una nueva facción dominante que se abre paso para desterrar las estructuras caducas que le impiden su crecimiento y hegemonía. Las segundas, las sociales, son cambios profundos en donde tendrían que suscitarse readecuaciones para que todas las fuerzas políticas y económicas funden un nuevo modelo de vida.

Los movimientos de independencia y de revolución fueron acciones acaparadas y conducidas por una élite, que veía en los regímenes caducos de su época un obstáculo para desarrollar las nuevas formas capitalistas de acumulación de riqueza a favor de sus intereses políticos y económicos. De españoles pasamos a estadios históricos protagonizados por criollos y mestizos pudientes que, con la fuerza de nuevas legislaciones, poder de las armas y supraestructura cultural, tuvieron las condiciones materiales para dirigir a la base societal. De terratenientes afrancesados, incipientes empresarios despóticos y autoritarios comandados por las milicias y científicos porfiristas se pasó a la supremacía de los “militares y latifundistas del norte”, que supieron colocar las consignas de cambio agrario y democrático en la esfera del control presidencial, legislativo y posteriormente en instituciones gubernamentales y de un partido único, comandado por caudillos, líderes de masas, sectores populares y empresarios que supieron acomodarse a las nuevas condiciones del entorno nacional y llegar a ser los dirigentes del Estado mexicano.

¿Quién festejará el bicentenario de la independencia y centenario de la revolución? Citando algunas cifras proporcionadas por el rector de la UNAM, José Narro Robles: a dos siglos de la independencia la mitad de la población nacional vive en pobreza y de ella 19.5 millones tienen una estrato de hambruna severa; existe una altísima mortalidad infantil, parecida a las situaciones que se viven en los países más atrasados de África y Asia; 6 millones de analfabetas y otros tantos de analfabetas funcionales, que no tienen entrada a los servicios de educación especializada e internet, así como inequidades sociales y económicas entre municipios, las cuales podrían compararse a las distancias entre un país del primer mundo y el planeta Plutón.

Éste es el tamaño de las inconsistencias producidas por una estructura de poder que ha preservado los retrasos colosales en materia de salud, educación, trabajo, vivienda y de un nivel de vida digno para los mexicanos de todas las edades. Así pues, México no es un solo país, sino muchos Méxicos donde unos nacen en fraccionamientos de lujo, otros en zonas de clase media, pero la mayoría en abismos de marginación insalvables, lo cual muestra un crecimiento exponencial. ¿Cómo es posible que a 200 años los detentadores del poder y la sociedad no hayamos sido capaces de haber creado un sistema de vida universal, que privilegie que sus infantes, jóvenes, adultos y personas de la tercera edad vivan sin tener que dedicarse al subempleo o empujados a efectuar actividades relacionadas con el crimen organizado, sin educación ni cultura?

La felicidad que da conmemorar un aniversario personal o familiar es cambiada por una celebración que huele y sabe a ansias de legitimación y desviación de la atención hacia los asuntos prioritarios. No hay emociones nacionalistas, sino una distracción de los eventos importantes que están aquejando con demasiada violencia económica, física y mediática a los mexicanos. Carlos Fuentes dice que él no participará en este jolgorio de luces de bengala, porque no hay celebración de nada concreto, refiriéndose a que el bicentenario y centenario es un juego pirotécnico que no toca, ni siquiera por asomo, los problemas morales, sociales, económicas, políticas e intelectuales. Festejar es gozar con la carne y espíritu, algo parecido al carnaval para recrear fechas imborrables y eventos que dejaron huella. El bicentenario de la independencia y centenario de la revolución no llegó ni a remedo de juerga, mucho menos trascendió a conmemoración (traer a la memoria algo importante, bello o inolvidable).

México al igual que Venezuela, Argentina, Colombia y Chile por citar sólo algunos países latinoamericanos, “llegamos tarde a la fiesta”, pues ésta fue comenzada por aciones que con su constitución lograron alcanzar fases de desarrollo consolidado para sus habitantes, con base en la hegemonía económica de explotación y belicismo. Cuando a mi mente llegan ráfagas imaginativas del grito de Miguel Hidalgo llamando a la insurrección de criollos, mestizos y castas bajas de la Nueva España o de la toma de la del Distrito Federal por Emiliano Zapata y Francisco Villa en la primera década del siglo XX, pareciera que los nubarrones de la realidad se disiparan un poco, hinchándome de orgullo por el esfuerzo y lucha de hombres y mujeres motivados con pasión, para edificar mejores mañanas. Sin embargo, estas mismas imágenes se convierten en fragmentos disímbolos y sin sentido cuando recuerdo que las dos fuerzas agraristas más importantes del movimiento revolucionario de 1910-1917 no supieron, pudieron o entendieron que no tan sólo debieron sentarse en la silla presidencial del Palacio Nacional, sino tomar el poder, para erradicar la escalada de intereses políticos y económicos que ocultaban los proyectos de Venustiano Carranza, Álvaro Obregón y Calles, que luego concentraron para sí el Estado mexicano.

El estandarte independentista, los sentimientos de la Nación, la Constitución de Apatzingán, la bandera trigarante, la Reforma liberal, el juarismo, los progresos porfiristas, la Constitución de 1917, los sueños de grandeza de las instituciones mexicanas, el modelo de desarrollo basado en proteccionismos y petróleo, el sistema político, la creencia de que el liberalismo salinista era la incorporación al primer mundo y la supuesta idea de cambio en la figura de Fox Quesada y Calderón Hinojosa han sido flashes catárticos que llenaron años, es decir, vidas enteras sin resultados que puedan percibirse tangiblemente en generaciones enteras. Como muestra del abandono hacia la formación de un verdadero proyecto de nación puedo citar las fortunas del propietario de Telmex, grupo Carso, Sanborn´s, Telcel, entre otras decenas de negocios multimillonarios; así como empresarios del estado de Nuevo León, Puebla y estado de México, que podrían fácilmente comprar México y parte de Estados Unidos y Centroamérica, se vuelven ciegos ante la proliferación y hecatombe de la gente más pobre de los más pobres, queriéndolos ubicar en segundos pisos o en sótano, para que nadie los vea y se pueda compadecer de sus paupérrimas existencias. Así de grave está la situación imperante actualmente y por eso ahora viven en Europa, Canadá o Estados Unidos.

Lo que permanece son los iconos tricolores, las banderolas, las leyes escritas y encuadernadas, los restos de próceres en urnas de lujo, custodiados y exhibidos para el encantamiento enajenado de niños y jóvenes y muchos adultos penetrados por la terrible fuerza de los medios de comunicación e instituciones educativas al servicio del Estado mexicano y su clase dominante. No obstante el desenfado para anunciar actos alusivos a los festejos nacionalistas y gastar a diestra y siniestra miles de millones de pesos, los monumentos, puentes, avenidas, actos masivos culturales, museos itinerantes y proyecciones multimedia no terminan de ver completadas, se visualizan a medias o simplemente se realizan con una calidad logística y escenográfica digna de una escuela de primaria rural (no por el desempeño o ganas de sus integrantes, sino porque sus programas son hechos con escasísimos presupuestos).

No es que quiera evitar que a los sujetos sociales pertenecientes a un territorio, que tienen que regirse por leyes compartidas e identificadas por sus símbolos se les extermine el placer de festejar y ver la vida con cierto grado de optimismo, pues esto es parte intrínseca de la idiosincrasia latina y muy en lo particular del mexicano, como lo retrató con excelsitud Octavio Paz en su obra El laberinto de la soledad; porque lo que estoy proponiendo es hacer un alto para la reflexión y ver el horizonte desde un plano alejado de la bazofia que inunda nuestras vidas por el consumismo mercantilista más atroz impulsado a favor de las cosas intrascendentes, olvidándonos de los asuntos importantes, como es la construcción de un país, estado, municipio, colonia, barrio, cuadra, calle y casa, que en verdad sea hábitat de bienestar y crecimiento duradero por los cuatro costados. Bastaría saber y sentir que en doscientos años de historia las generaciones hubiéramos crecido libres de autoritarismos, sanos por comer tres veces al día sin alimentos chatarra, educados en un sistema gratuito y de calidad desde el nivel preescolar hasta universidad, un sistema democrático exento de abusos y componendas partidocráticas, con viviendas dignas y gobiernos eficaces.

Por eso es lamentable el rol que juega el actual gobierno federal que, por esquivar críticas y proposiciones constructivas sobre el bicentenario y centenario, optó por la más absoluta superficialidad, que invita al despilfarro y al mismo tiempo al repudio. Al final queda una sensación de improvisación en torno a algo que se tiene que celebrar a costa de lo que sea. El papel del presidente es criticable, ya que le apostó a la ausencia y a lo mal hecho, con despliegues excesivos en los medios de comunicación y al mensaje barato que no es analítico, sino de seguimiento robótico por parte de las masas que, ante la falta de rumbo, lo único que le queda es transitar por el viejo camino de “pan y circo”, desgraciadamente. La fiesta fue, al final de cuentas, para todos los que apreciamos el “grito del 15 de septiembre a las once de la noche”, un festejo del presidente, colaboradores y familiares que deambularon y se asombraron por las toneladas de pólvora que se aventaron al cielo del D.F. y los despliegues tecnológicos de compañías de medios audiovisuales mexicanas y extranjeras.

El bicentenario y centenario fue y sigue siendo un programa de ausencia política y desmemoria histórica, pues trivializa lo que se conmemora, poniendo imágenes, textos, films y hasta canciones que fomentan la alienación y lo que el “destapado” Ricky Martin dijo al ritmo de pop-rock…… “la vida loca”. Más allá de elucubraciones, fantasías o malas voluntades que se piensen sobre los festejos 2010, lo cierto es que la realidad impera sobre cualquiera de los discursos demagógicos que desean inyectar un nacionalismo al puro estilo del nazismo hitleriano de hace poco más de siete décadas, que insiste que ante la crisis moral, social y económica persistente en el país, es mejor anidar un sentimiento de pertenencia a un club de buenos ciudadanos no pensantes, que solamente se den a la tarea de adorar la bandera, la constitución empastada en piel y letras doradas y al régimen político modificado por un proceso de alternancia que apareció en el año 2000 y ahora prosigue como moda en un intercambio casi infinito de colores, ideologías, intereses y reacomodos partidistas.

Cuando la bandera tenga los colores verde, blanco y rojo acompañados por un águila real devorando una serpiente, posada en un nopal no importado de China y que sea colocada en foros internacionales como emblema de un México independiente, que esté al tú por tú con los denominado países avanzados, luego entonces la mexicaneidad podrá surgir como verdadero baluarte de autonomía. Hasta ese día habrá un festejo en todo lo alto. Claro está que esto no llegará fortuitamente, sino -sí sólo sí- hay un concurso y participación comprometida, responsable y permanente de todos, en cada una de las áreas y tareas que desempeñamos, pues por estar en la espera pasiva, hemos permitido que otros, unos pocos, controlen no sólo el concepto de nación que tenemos, sino de las realizaciones sociales, políticas, económicas y sociales que se han vivido hasta nuestra contemporaneidad…………………….

Hasta aquí dejo mi exposición, a fin de que podamos abrir canales de debate analítico. Gracias por su presencia, atención, pero sobre todo gracias por su paciencia. B.H.G.

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